CRÓNICA
EL TIEMPO (BOGOTÁ)
José María Manzanares, fue el primero en cortar pelo en la despedida y lo hizo con un toro que no se empleó ni en el capote, ni en la pica, no tuvo chispa pero si suavidad, suavidad que se vio desde los primeros lances a la capa. La labor de muleta no la brindó, por las condiciones planteadas por el de Las Ventas. La faena la realizó en el centro del ruedo y con la donosura que caracteriza los trazos de los elegidos del arte. Suavidad, temple y plasticidad fueron cátedras aprendidas y demostradas en la capital por parte del "Delfín" Manzanares. Los dos pitones los probó y por ambos dejó "regueros" de arte esparcidos por la propia boca de riego de la plaza. Fue un faenón de filigranas donde los pintores bien habían podido plasmar cada una de las ejecutorias pues el modelo estaba prácticamente quieto y el toro se acompasaba con esa lentitud. La estocada también fue de póster y los dos pañuelos anunciando los trofeos salieron presurosos y sin reclamo alguno por parte del público. Lo de Manzanares convenció a todos los presentes.
Con el que cerró la tarde, un encastado toro, que junto con el quinto fueron los únicos que pelearon en los montados, la suavidad del alicantino otra vez se hizo notar, al punto que todo parecía fácil de hacer, y también uno quería saltar a imitar al maestro, los espacios y tiempos, como en la música construyeron la melodía del buen torear. La satisfacción era ver por segunda vez en la misma tarde lo planteado por José María. Hubo petición de indulto y tal vez era producto de la euforia, porque no era para tal y así lo entendió Manzanares. Era bueno, sí, sirvió más que sus hermanos, sí, peleó en los caballos, también hay que decir que sí, pero tenía que morir en la plaza y así fue. Hubieses sido las dos orejas si no es porque la espada cayó baja luego de un pinchazo bien señalado y se "robo" uno de los trofeos que ya se estaban asomando por la baranda del palco.
Al final manzanares dio la vuelta al ruedo invitó al ganadero a que lo acompañara y prudentemente él no quiso. Luego a hombros Tomas y Manzanares pasearon los 360 grados del anillo bogotano recibiendo una y tal vez la más grande ovación de la temporada colombiana. En la calle aun se ve gente toreando y ya la empresa ha manifestado que pretende traer para dos tardes al Delfín y si se puede a Tomas para la corrida de los 80 años. Dios nos complazca y veamos nuevamente esta apoteosis
PUERTAGRANDE.NET
Al estadio del Manchester United de Inglaterra lo llaman el ‘Teatro de los sueños’. Este 21 de febrero la Santamaría fue más que eso. El lugar donde se encuentran todos los sueños. Pocos escenarios en el mundo tendrán el lujo de contar lo que vivió la plaza de toros de Bogotá. Una tarde para la historia.
Para la historia de una plaza que va a cumplir 80 años la faena, la escultura, la obra magnánima que José María Manzanares sacó de su alma y su espíritu. Y la desplegó ante un extraordinario toro de Las ventas del Espíritu Santo que salió en tercer lugar.
El día que se recopilen los capítulos dorados de esta plaza, uno de ellos tendrá que decir que, a las 4:45 de la tarde, de la sexta corrida del 2010, los relojes se detuvieron. Fue el momento preciso en que Manzanares empezó su obra. Con muleta como cincel, y con mano izquierda y derecha como pincel. El torero cuajó la faena de la temporada. O lo que es mejor, la faena de muchas temporadas.
Tuvo un toro nobilísimo. Muy bravo y colaborador. Que supo que la muleta del alicantino era la caricia que había buscado en toda su vida, y por eso se dejó seducir. Manzanares, tras un prólogo en las tablas, se lo llevó a los medios. Tomó prudente distancia, y lo que vino a continuación no tiene descripción, con palabras, sólo se podría entender con los rostros y los ojos al borde de las lágrimas, y los bellos de la piel de punta, que tenían las 14 mil personas que llenaron la plaza.
Será muy difícil que se pueda torear tan lento, tan despacio. Con tanta largura y con tanta profundidad. Con tanta estética, con tanto arte. Las series por la derecha tuvieron más que templanza. La gente vivió la faena siempre de pie, y pareció enloquecer, después de tantos muletazos interminables, con un redondo invertido que el toro convirtió en natural inacabable. El toro siempre esperó en los medios. Y en ese lugar llegó una estocada cumbre. Faena de dos orejas y rabo. Pero sólo asomaron dos pañuelos blancos, y el azul para premiar al toro con la vuelta al ruedo. El reloj, después de haberse detenido, volvió a caminar como de costumbre.
EL MUNDO.- Manzanares y José Tomás rinden Bogotá
José Tomás y José María Manzanares protagonizaron una tarde para la historia en el cierre de la temporada colombiana en Bogotá. Ante las 14.000 almas que abarrotaban la Santamaría bogotana, los dos grandes toreros españoles no sólo cortaron dos y tres orejas, respectivamente, sino que torearon como los mismos ángeles, según burladero.
Manzanares puso la plaza en pie en una faena de altísimo nivel al extraordinario toro de Las Ventas del Espíritu Santo (César Rincón), premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. El doble trofeo colmó el enorme toreo del alicantino. La faena fue creciendo en intensidad mientras Manzanares toreaba cada vez más despacio, manteniéndolo en inicio por sus justas fuerzas. Otras dos orejas más pudo sumar Manzanares del sexto, para el que se llegó a pedir el indulto. Lo cuajó a placer en una faena plena de temple. Sin embargo, falló a espadas y el premio se quedó en una oreja.
AS.COM,- Cumbre de José Tomás y José María Manzanares
Cuando Manzanares terminó su actuación en el sexto, la gente no salía de la emoción. El diestro alicantino ponía el punto final a una gloriosa actuación ante la afición que más le quiere en América. Bordó el toreo en ambos con ortodoxia y donosura, con dulzura almibarada y con temple exquisito. Es verdad que a sus dos toros se les premió con la vuelta al ruedo, y por ello, mientras daba la vuelta recibiendo prendas en medio de una lluvia de flores invitó al ganadero César Rincón para que le acompañara, le entregó su montera y le dijo: "Maestro el triunfo es suyo, salude a la gente como siempre lo ha hecho". Fueron tres orejas, dos del primero y una al último mientras la plaza entera no paró un solo instante en saborear esa manera dulce del bien torear que le valió la mayor ovación cuando a hombros junto a José Tomás salió de la plaza. ¡Viva el toreo! ¡Y vivan los toreros buenos!
ABC,. Gran tarde de José Tomás y Manzanares, a hombros en Bogotá
Manzanares toreó con la suavidad que requería el tercero, algo falto de fuerza y de continuidad en sus viajes. Supo esperarlo y los muletazos siempre fueron limpios, templados, estéticos. No sólo acompañó con calidad las embestidas, sino que se pasó al toro cerca, sobresaliendo siempre en las rúbricas que suponen el pase de pecho. Noble fue el último y con clase superior. El torero alicantino lo desengañó pronto y lo toreó por lo grande, acumulando muletazos, cada cual más lento, delineando la suprema estética de su toreo. Dos orejas y oreja fue su balance.
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José Tomás y José María Manzanares han protagonizado una gran tarde en el cierre de la temporada de la plaza Santamaría de Bogotá, sumando dos y tres orejas respectivamente, pero sobre toreando ambos como los mismos ángeles en una tarde para el recuero.
Manzanares puso la plaza de Bogotá en pie en una faena de altísimo nivel a un gran tercer toro de César Rincón, premiado con la vuelta al ruedo, del que paseó dos orejas.
El toro de Las Ventas del Espíritu Santo cantó su condición de inicio, aunque estaba justo de fuerzas, lo que aprovechó Manzanares en una faena que fue creciendo en intensidad mientras el alicantino toreaba cada vez más despacio, manteniéndolo en inicio para después cuajarlo a cámara lenta, en series de largo trazo y con mucha profundidad. Una estocada puso en sus manos las dos orejas, con la plaza entregada a la labor del alicantino.
Otras dos orejas más pudo sumar Manzanares del sexto, un toro noble y de gran clase para el que se llegó a pedir el indulto. El alicantino lo cuajó a placer en una faena plena de temple, ligazón y empaque. Sin embargo, falló en esta ocasión falló con la espada, por lo que el triunfo máximo quedó en una oreja.