Mario Juárez.- Burladero.com

Toreramente, lo mejor llevó la firma de Manzanares, que quiso con sus dos toros. Con el tercero, uno de Moisés sin tanta clase pero con emoción, hubo momentos muy buenos, sobre todo en la apertura y en dos cambios de manos que deberían ilustrar el cartel del próximo año, con cadencia, con temple y con compás. Lo sometió José Mari en una faena de tiempos y pausas, de series cortas, templadas y buenas, pero sin apretar demasiado al toro. Pudo haber cortado la oreja, pero su fallo con la espada dejó la cosa en saludos.

El sexto fue otro importante, el de más temple de la corrida, al que había que torear con pellizco, y Manzanares lo hizo. Se gustó en el inicio de faena, cumbre, con muletazos y remates a compás. Y después, con la muleta, lo cuajó por el pitón derecho en series con mucho temple, mimo, seguridad, llevándolo largo, mecido y sin un enganchón. No fue así por la izquierda, donde la faena bajó.

El animal, siempre fijo y dispuesto, nunca dejó de embestir con la cara colocada y siguió hasta el final de faena, donde Manzanares abundó en muletazos despaciosos y armoniosos, en bellos remates y pases de pecho cumbres. Como sólo pueden hacer los tocados por la varita, y como reventó con una última serie en redondo, dando el pecho y toreando a cámara lenta, la mejor de su labor. Quiso matarlo Manzanares en la primera raya, y pinchó. Una estocada fulminante lo reventó después, y puso en sus manos… una oreja.

Carlos Ruiz Villasuso.- Mundotoro.com

Tiene tanta calidad y tanto empaque Manzanares que es capaz de sujetar una faena a la espera de lo que pueda surgir. Ese empaque de los que caen de pie en un traje de luces. Terminaba la corrida y saltó a la arena uno de esos toros que parecen sin hacer de los de esta ganadería, acucharado de cuerna y alto, que apuntó bondad de salida, moviendo Manzanares el capote de forma rítmica, figura erguida. No es su fuerte, pero lo débil en este torero parece grande.

Toro claro y de embestida despaciosa con el que derrochó el toreo las virtudes que tiene: cuando acompañó las embestidas es puro ritmo, cuando las alargó, pura elegancia. Derechito como una vela, a compás de la embestida fue la primera tanda con la derecha, más largo el trazo y más por abajo la segunda, un cambio de mano y uno de pecho que si no te dejen entrar en una caseta de feria a cambio de una foto, es que el tío es marciano. O murciano. Con la izquierda hubo menos ritmo, comenzando el toro a apuntar cierta tendencia a los adentros.

Pero aún surgieron dos tandas más que levantaron de nuevo el vuelo de los olés, y , con el toro apagado, dos ayudados, dos cambios de mano y uno de pecho jugando con los adentros siempre, cumbres. Pinchó antes de una estocada de cólera. Falló el torero en lo que se considera su fuerte, la espada. Lo había hecho en el tercero de la corrida, bajo de cruz, corto de manos, pitones palante. Toro adormecido en apariencia, pero de fondo y de fuerza y bueno. Poco a poco fue el torero convenciéndose de que podía ser, y era por abajo y con mando. Que no parase. Matices dentro de la condición del toro de la corrida en importancia y faena con dientes de sierra, donde se vio el toreo más por abajo, los cambios de mano más largos y tandas menos convincentes. Acierta hoy con la espada y corta tres. Que le quiere el público, cuánto le espera y él que lo sabe.

Luis Nieto, Diario de Sevilla

José María Manzanares consiguió los mejores pasajes de la corrida. Su actuación rezumó en todo momento torería. Acarició la Puerta del Príncipe, que se alejó por el fallo con la espada. Con el noblote y tardo tercero, un animal distraído que se rajó pronto, el alicantino evidenció su clase a cuentagotas. Su obra, tuvo como mayor expresión estética una tanda con la diestra, que cerró con una impresionante trincherilla. Tras ello, el toro fue a menos. Dibujó dos deslumbrantes cambios de mano que dejaron con la boca abierta al personal. No acertó con la espada.

La mejor versión de Manzanares y lo más impactante de la tarde por parte de los diestros llegó en el sexto, un ejemplar muy noble y que aguantó mucho. Manzanares imprimió su sello de torero artista en los lances de recibo, con unas hondas verónicas y delantales preciosos. Con la muleta, derrochó sentimiento, arrebatando al público en distintas fases de la faena, en la que toreó muy asentado, encajado los riñones, girando la cintura, tirando siempre del toro con suma suavidad y de manera exquisita. Series preciosas por su alta dosis de estética. Una faena que fue a más y se cerró con un pasaje de ensueño con la diestra de ensueño, con un molinete, un cambio de mano, un ayudado a media altura, una trincherilla y un pase de pecho, poniendo al público de pie. Pinchó antes de una buena estocada y el premio quedó en una oreja. Pero en el ruedo de la Maestranza quedó plasmada una bellísima obra de arte.

Andrés Amorós, ABC

Sin llegar a esa altura, también es noble y claro el sexto, que flojea un poco pero embiste con gran suavidad. Trujillo clava también dos grandes pares. Manzanares disfruta y nos hace disfrutar: ayudados majestuosos, muletazos dibujados a cámara lenta. Su estética mediterránea, hecha de empaque, elegancia y ligazón, pone de pie al público. Pero, como en su primero, falla a la hora de matar, uno de sus puntos fuertes: si no, lo hubiera tenido difícil la Presidenta para no concederle la segunda oreja.
Queda claro que el alicantino, adoptado ya, como su padre, por la afición sevillana, posee condiciones para mandar en el toreo. No debe conformarse con lo que ya tiene: ha de mejorar el capote y tener hambre de ser, dentro de poco, el número uno, si él quiere.

EFE

MONUMENTO AL ARTE DE TOREAR
Manzanares se acercó a la perfección del arte de torear. Le faltó matar debidamente, pero nada desmerece tan soberbia actuación, de tal manera que pese al pinchazo previo a la estocada le dieron una oreja y llegaron a pedirle la segunda.
Hay situaciones en las que se dice que el arte es otra cosa, pero sin precisar qué se entiende verdaderamente por tal. Un misterio que Manzanares ha ayudado a desvelar hoy desde los tres parámetros que vienen a ser la clave del toreo, del buen toreo: temple, ritmo y profundidad.
El arte sin adjetivar, que no da lugar a interpretaciones partidistas. Hoy coincidió toda la plaza en el gozo colectivo por la contemplación de ese arte.
Tan delicioso fue el toreo de Manzanares, por la galanura de su capote, por el encanto y el duende de su muleta. Faena cumbre también por la exactitud en su planteamiento técnico, con mención especial al temple, arma infalible. Un auténtico monumento al arte de torear.
Y antes de seguir conviene significar la aportación del toro. Que si Manzanares rayó en lo celestial, el ejemplar de “El Pilar” tampoco le fue a la zaga. Toro y torero al cincuenta por ciento para entender plenamente la grandilocuencia de la obra.
El “suceso” ocurrió en el sexto de una tarde que tuvo también notable acento artístico por parte del propio Manzanares en su toro anterior y de Castella que ya había cortado una oreja al quinto. Pero, sin hacer de menos esas faenas anteriores, la última de Manzanares marcó el cenit de lo que se entiende por arte puro y duro.
No caben calificativos esta vez para el relato. Por delantales en el recibo de capote. Toreo a dos manos y por arriba en la apertura de faena. Y el engranaje del toreo fundamental.
Pero como aquello resultó tan de locura, ahora hay que intentar encontrar palabras que lo definan.
Entre series, inmaculadas y perfectamente hilvanadas, las “alegrías” de un cambio de mano, o de la trinchera, o el pase del desdén, y por supuesto el final de pecho.
El toro, incansable, mantuvo en todo momento el buen tono de su noble embestida, y mientras el alma del torero volaba también a más en la interpretación.
Cantar la faena ahora que ha pasado puede parecer pretencioso. Por el fallo a espadas le dieron sólo una sola oreja. Pero en Sevilla no se habla de otra cosa.
Del mismo Manzanares hay que recordar que en su toro anterior, aunque con menos estrecheces, por momentos bordó asimismo el toreo. Al natural lo hizo sobrenatural. Pero tampoco funcionó la espada.

MANZANARES PRÍNCIPE DE SEVILLA
Jorge Villar, Información

Manzanares entiende el toreo de manera especial, tan profundo en el corazón como en la cabeza. Y por eso se rompe a cámara lenta, como en los derechazos de seda, o en los de pecho majestuosos, o en los cambios de mano sencillamente bellísimos. Al natural no rompió tanto, pero volvió a la diestra intemporal de perfumes y soleras para parar los relojes. Melodía aflamencada al compás de bulería por soleá, enroscada al compás de su cintura. Sevilla lo adoptó y lo nombró su príncipe hace años. Y tiene la llave de su puerta grande para cuando quiera. Otra vez la espada falló a la primera, y el estoconazo posterior le llevó un trofeo a sus manos que sabe a poco, a muy poco. Está en estado de gracia, en su momento de madurez, con buqué de paladar selecto.