Por CARLOS HERRERA en XLSemanal en la sección Arenas Movedizas

Nunca he sido muy partidario de señalar al teórico númerouno de cualquier disciplina. Por varias razones, pero esencialmente por aquella que demuestra lo fácil que es confundir al primero con el número uno. El primero es el primero, el que más vende, el que más se lee, el que más concurrencia provoca, pero no tiene por qué ser el número uno, cuyo perfil no tiene necesariamente que ser confirmado por la inmensa mayoría. En el toreo eso ocurre sintomáticamente, como en la literatura, como en la música: ser el mejor no implica estar en el primer lugar del escalafón, haber toreado más corridas o llevar más orejas cortadas. A pesar de mi aversión a ponerle laureles a nadie, tras los primeros festejos de la temporada queda claro que dos toreros han decidido instalarse en el machito: El Juli y Jose Mari Manzanares. Julián López ha alcanzado madurez de maestro, maneras de sabio, cuerpo de lidiador: bajo la lluvia, en tarde de aires tormentosos, sobre el albero embarrado, toreó a cámara lenta, con la cabeza, vaciando embestidas, hundiendo nudillos en la arena, dibujando figuras como las dibuja el humo del tabaco. La estatura del torero se agiganta cuando templa y manda sobre su enemigo, y la de este tipo está alcanzando talla de gigante, formas de coloso. El alicantino Manzanares es otrosí. Tampoco sé si es el que más torea, o el que más orejas corta, pero sí sé que ha evolucionado hacia la Majestad. Manzanares es tan poderoso que transmite una firmeza y seguridad a los tendidos sólo al alcance de los elegidos. De los muy elegidos. Leo las crónicas taurinas de sus días sevillanos y observo que se agotan los calificativos, que faltan palabras para describir sus faenas a un toro de El Pilar y a otro de Torrealta. Es sabido que se hace difícil ser elegante cuando te estás jugando la vida, cuando tienes que esquivar la embestida de un toro, cuando tienes que ver y distinguir por qué pitón funciona, por dónde flaquea, por qué parte de su estructura tiene más peligro; pero torear consiste en eso, en entender a un animal muy bravo, en desviarlo de sus querencias, en templar sus embestidas y, además, crear momentos artísticos imborrables. Muy difícil, casi imposible; pero hay quien, como el de Alicante, consigue darle etiqueta a un trabajo de máxima concentración y máximo riesgo. En la Maestranza, con una hernia discal de la que ya se habrá operado al aparecer estas líneas, se dobló en un exquisito toreo lleno de barroquismo, de refinamiento, que resulta muy difícil de olvidar. Ambos, con sus características, la hondura de El Juli, el virtuosismo de Manzanares, se han confirmado como grandes figuras del toreo, condición que no se alcanza sólo por la notoriedad o el éxito mediático de su trabajo. No es sólo cuestión de orejas cortadas, como escribía más arriba, es otra cosa. Es marcar las pautas de tu tiempo, es constituirse en referencia obligada de una época, es haber estado en todas las plazas, ante todas las ganaderías y en todo tipo de carteles, cosa que no hacen todos los que se ven siempre acompañados del aura de \\\”\”Figura\\\”\”. En figura también ha estado el gran Morante de la Puebla, aunque el balance de triunfos no lo haya acompañado: en Resurrección dictó una clase magistral y dejó escrito en el albero el compás extraordinario que ha hecho de él otra referencia. Ante un toro de Gavira dejó claro quién es quién, qué es someter a un animal, qué es dibujar el portento, qué es ser un soberbio artista lidiador. Con estos tres nombres la empresa tiene un magnífico cartel para abrir la temporada del año próximo, sin necesidad de acudir a quien no quiere venir.

Serios, sublimes, titánicos, poderosos. La batalla entablada entre estos dos extraordinarios toreros quedará para siempre en la memoria de quienes allí estuvieron. Memoria tatuada hasta la eternidad por la tinta imborrable del arte más sublime, de la belleza en estado animal.