Manzanares paró el tiempo ante el tercero de la tarde al que le cortó las dos orejas.
Esta vez sí entró la espada de Manzanares en la suerte de recibir después de una faena antológica y que pasará a la historia. El de Alicante volvió a parar los relojes del coso del paseo Ribalta con un toreo que fue un monumento a la despaciosidad. Confiado y tranquilo el torero, clavado en la arena como un poste, recitó toda una sinfonía de toreo lleno de empaque, profundidad y una enorme torería. Cada muletazo fue infinito y pareció no tener fin. Todo surgió con mucha naturalidad e inspiración con una figura de porte elegante y rota. Definitivamente, Manzanares ha dado un paso importante en su tauromaquia y ha ganado en profundidad. No podía culminar la obra de otra manera, en la suerte de recibir dejando una soberbia estocada. Se quitó la espinita de Valencia. El toro, de una calidad incontestable, ayudó en la creación. Dos orejas de un público que enloqueció con Manzanares.
Estuvo Manzanares muy por encima del deslucido sexto, un astado complicado que se metía por los adentros y nunca venía fijo en la muleta. Pero un firme Manzanares aún le sacó alguna tanda ligada de mérito a base de tragar y exponer. Mató nuevamente de una soberbia estocada. Se desmonteraron en banderillas Luis Blázquez y Juan José Trujillo. APLAUSOS.ES / JORGE CASALS