El domingo es el día consagrado al Señor, el día festivo por antonomasia y además, primer día de la semana, aunque se crea lo contrario. Es el día dedicado al Sol, la estrella que posibilita la vida con su luz divina, la misma que creó Dios el primer día de la creación para separar el día de la noche. De ahí que en la cultura anglosajona el domingo esté dedicado al sol (Sunday). Los cristianos, rompimos con la antigua tradición hebrea de santificar los sábados, (Sabbat) séptimo y último día de la semana, en el que según el relato bíblico de la creación, Dios descansó. Los cristianos le dimos al día del sol un significado especial acorde con lo que aconteció el primer domingo de primavera de hace -según la tradición- 2012  años. Jesús, el Cristo, el hijo de Dios resucitó y nos salvó de la muerte eterna, o sea, la oscuridad, para darnos vida eterna -la luz perpetua como se indica en algunas oraciones del ritual de exequias-y de este modo salvarnos. El mismo Jesús se compara en algunas citas como Luz del Mundo, por lo que la tradición icónica cristiana lo ha representado en forma de sol. Qué curioso que esa representación coincida con la festividad romana del Sol Invictusque se celebró en los primeros siglos de nuestra era el primer día de la semana, el domingo, y que pronto el cristianismo incorporó.

El domingo pasado en la Real Maestranza de Sevilla se vivió una tarde divina, de esas en las que surge el toreo de dentro, se vive la emoción y se transmite a los tendidos. Si el toreo es la representación de la vida misma, el triunfo de la vida sobre la muerte, es decir la resurrección (el Sol Invictus que renace todos los días de las tinieblas de la noche), una alegoría de la fertilidad que controla los ritmos (el tiempo), el temor (lo humano) y la naturaleza (el toro), la verdad cultual, ritual y “mitológica” de la tauromaquia se vivió en el mano a mano entre dos titanes del toreo, José María Manzanares y Alejandro Talavante. No fue una lucha a muerte, fue una declaración amorosa de quién manda, del despliegue de emociones transmitidas que va más allá del “o tú o yo”. La rivalidad entre ambos tuvo su compensación artística, sobre todo para silenciar a los que desde hace tiempo intentan menospreciar a estas figuras por falta de emoción. Ahí queda la emoción vivida y producida – como en un comentario de una obra artística se diría- con la técnica del trapo. Ni óleo, ni cera, ni fresco… los artistas del domingo pasado expusieron su arte en vivo con un varios trapos.
Sin embargo, en esta real plaza resurgió la verdad de la tauromaquia de la divina mano de un hombre que conjuga tradición y modernidad, que impone tiempos al que no entiende de tiempos -pensemos que el tiempo es un rasgo humano, de consciencia humana- y que trasciende a lo sublime de la divinidad como cuando Paris, ese joven príncipe y pastor, tuvo que decidir cuál de estas tres diosas: Hera, Atenea y Afrodita, era la más bella. Paris decidió que era Afrodita, la diosa del amor, con las terribles consecuencias que todos conocemos y que desembocó en la guerra de Troya.
En nuestro caso, el príncipe es José María Manzanares, sin embargo, a diferencia de Paris, supo elegir bien, porque a diferencia de aquel pastor, José Mari es un héroe, un semidiós de proezas destacables. Ahí están sus últimas temporadasy sus tres puertas del Príncipe de este año que lo confirman y en las quede él surgió la creación, el arte puro donde el tiempo se detiene de esa mano prodigiosa -y a la vez castigada- del maestro alicantino. Su elección, en el caso de Manzanares, fue salomónica, tuvo juicio para saber repartir su manzana entre las tres diosas: Hera (poder), Atenea (sabiduría) y Afrodita (amor). Evidentemente y dejando ahora los simbolismos iconológicos, su toreo poderoso, sabio y comprometido -el amor, entre otras cosas, es compromiso, belleza e inspiración- ha dado fruto y ha madurado de tal formaquelas exigencias de ser quien se es, obligaba al maestro Manzanares a presentarse en Sevilla, a defender su título de Grande del toreo, más aún si tenemos en cuenta que durante todo el fin de semana se especuló por las redes si Manzanares torearía o no en su plaza, algunos decían que por miedo. A pesar de su resentimiento de su lesión durante el cartel estrella de la feria de San Mateo de Logroño el viernes anterior, José Mari, como buen príncipe que es,  quiso demostrar que sigue siendo infante en la tauromaquia y terminar su periplo actual con un triunfo que, además de motivarlo, dejara constancia de su total torería.
Con todo este argumento mitológico, más propio de una crítica de arte, que de una crónica periodística, pues el toreo es el arte vivo en sí,  solo queda enlazar ese carácter divino de Manzanares, el Apple de la Tauromaquia, con el domingo, día del Sol Invictus romano, en el cual, la divinidad solar que irradia sobre los mortales y los diviniza, resurgió o resucitó en su día (Sunday). Su toreo resurgió como el ave fénix de sus cenizas, simbolizando la resurrección de sus restos como símbolo de vida eterna, en este caso del toreo eterno que surge del temple y la profundidad en cada uno de sus muletazos.
Llevamos dos domingos de resurgimientos, de resurrecciones, de toreo en mayúsculas, de símbolos, de mitos… ahora solo cabe que perpetúen y que desde el Olimpo, resurja con fuerza la fe perdida en la tauromaquia, en manos de los dioses está. Que así sea.