Ciudad intensa, sentimental, inquieta, muy vivida, sin término medio, a nadie deja indiferente, taurinamente tampoco… A lo largo de mis diez años de alternativa son muchos los estados emocionales por los que he pasado cuando me he visto anunciado en Madrid, una cita tan querida y especial para mí. No voy a enumerar aquí mis resultados artísticos porque es algo menos importante para mí. Voy a relatar mi experiencia y mis vivencias, que es lo que me hace crecer cada día. Incluso mucho antes de ni siquiera tener en mente la idea de dedicarme al toro, ya podía sentir lo que significaba y transmitía Madrid por medio de mi padre. Recuerdo desde pequeño sentir un cambio en su manera de ser, en su manera de estar, mucho más callado, más ausente, más metódico con todo, aún más disciplinado, si cabe en su rutina de entrenamiento: se acercaba la gran cita y en su vida y mente ya no cabía otra cosa que no fuera la ilusión y el respeto… Fue entonces, fijándome en él, cuando empecé a darme cuenta de lo que significaba torear en Madrid.

Muchos años después descubrí que verte anunciado allí infunde mucho respeto pero la dificultad mayor estriba en gestionar mentalmente cómo afrontar la cita: puedes dejarte llevar por la responsabilidad y la presión, puedes ir con la idea de dar a la gente lo que crees que espera de ti, o puedes ir a torear como realmente sientes y piensas… Yo he pasado por estos tres estados y de todos ellos he aprendido.

Madrid impone y en mis principios, cuando todo era ilusión y responsabilidad, afronté mi debut con alegría y con la inocencia de no ser consciente aún de lo que significaba torear en Las Ventas. Fue una tarde importante y bonita para mí, pero solo me di cuenta del peso que supone cuando estaba ahí, cuando vi lo imponente de su arquitectura mientras esperaba a hacer el paseíllo, cuando sentí a su afición, cuando me percaté de que se analizaba hasta el más mínimo detalle, cuando descubrí que lo realizado allí tenía repercusión mundial…

Una vez vivida esta primera experiencia es cuando todo cambió, de ahí en adelante empecé a ser realmente consciente de lo que de verdad trasciende torear en Madrid y de que es mucho lo que se exige. Me embargó entonces un estado mental en el que la preocupación principal era agradar y no defraudar las expectativas. No solo me ocurría en Madrid. Mis primeros años como matador fueron duros por esta misma razón, empecé a cambiar cosas para intentar conquistar a aquellos a los que no gustaba. Inevitablemente, esto limitaba mi capacidad para crear delante del toro, al vivir más pendiente de lo que se esperaba de mí que de lo que realmente sentía.

Era un choque de sentimientos que me anulaba como artista y hasta me hacía pensar con torpeza, con lentitud, sin libertad para crear según mi criterio y sentimiento, cambiando este para pasar a hacer lo que creía que la afición quería de mí. En ese tiempo no sabía cómo afrontar Madrid de la manera más tranquila posible, me resultaba difícil pensar en esa plaza y hacerlo de un modo sencillo, natural… Entonces empiezas a pensar que esa falta de conexión es por tu culpa, y es verdad, pero poco a poco descubres que no es por lo que haces o no haces en el ruedo sino porque no logras expresarte con libertad debido a esos pensamientos de los que hablaba y que te mantienen en continua tensión. Con el tiempo me di cuenta de que actuando presionado no evolucionaba, de que no lograba expresarme en el ruedo tal y como soy, y es cuando comencé a recapacitar… Los años me dieron también la madurez de saber que no se puede gustar a todo el mundo. Comenzó entonces una metamorfosis mental que me llevó a entender que debía olvidarme de todo y centrarme en disfrutar del toreo en una plaza tan especial e importante como Madrid. Tantas tardes después, no me queda duda alguna: solo hay una manera de conectar y de transmitir a la afición, y es actuar como realmente siento, con la libertad para expresarme tal y como soy, sin miedo alguno a lo que alguien pueda decir u opinar, porque así soy y solo siendo fiel a mí mismo podré dar lo máximo.

Madrid es impresionante, vibrante, desgarradora e inolvidable si tienes la suerte de sentirla cuando toreas. Llevo años disfrutando de la plaza, del cariño y del respeto que me muestra su afición, y estoy muy feliz de poder seguir toreando en ella, independientemente de que las tardes sean buenas o malas. He aprendido a entenderla y a quererla y solo espero poder volver a sentirla en toda su intensidad…
JM Manzanares