Cuando pisó el albero el tercero de la tarde el público estaba harto del transcurso del festejo –los toros artistas colmaban la paciencia- y además el anovillado que se llevó Manzanares era casi imposible estar peor hecho. El de Alicante inteligentemente lo midió en varas y lo dejó fuertecito después de tirar al varilarguero y llegó a banderillas con cierta movilidad. En el tercio final el toro desarrollaba un molesto cabeceo pero sin embargo con la bondad de la prontitud en el encuentro y José Mari consiente de esta pequeña virtud aprovechó esta circunstancia para torear de verdad –como mandan los cánones- con una muleta de tantos quilates que es imposible de calibrar. Prodigioso, elegancia suprema, poderío y mando con la derecha, como si tratara de un imaginero que esculpía cada muletazo para regusto de los presentes. Al natural su obra fue una exaltación de suavidad, compostura, temple y hondura, con una perfección magistral y una ligazón envidiable. Todo con mucha exigencia al toro bajándole la mano hasta llevar media muleta por el amarillo albero. Cante jondo y embriaguez de Manzanares en su mejor faena de matador en El Puerto hasta ahora, ante un buen toro que colaboró y que humilló. El faenón fue para guardar el la retina de aficionado, pero se le escapó el triunfo grande por la espada. ¡Que lástima haberlo pinchado, pero hay queda eso y el brindis al respetable “va por ustedes”!. El último, también estuvo mal presentado y terminó la escalera ganadera, un astado con pinta de cabra -por hechuras- pero descarado de pitones. José Mª intentó acoplarse con la deslucida embestida de su enemigo y a modo que el toro le regalaba una acometida le enjaretaba alguno, made in Manzanares. Se le vio dispuesto, enrabietado por la falta de clase del burel y demostró que su elegancia y calidad están a años luz de los demás del escalafón, porque se inventó una faena de pasajes preciosos por ambos pitones. Aguantó la embestida cruzada del toro por el pitón izquierdo con aplomo y valentía, para terminar de tallar una obra esbelta. La faena posiblemente no era de dos orejas, aunque el espadazo valía por si mismo una, aunque lo cierto es que hizo justicia a una gran tarde de Manzanares que salió en hombros por la Puerta Grande de La Real Plaza.  En el segundo toro vimos un poco de toreo de capa con un Juli por chicuelinas en su quite, con un par ellas apretadas y otras más desangeladas. Y por decir algo de su labor muleteril contaremos que se estrelló contra un mulo, otro juanpedro para la quema en las hogueras de San Juan, que dejó la clase en Lo Álvaro para enfado del respetable. Enfibrado salió el madrileño en el quinto, al que buscó el fondo para hacer creer que era mejor de lo que parecía. Citó siempre con la muleta adelantada y se la dejó en la cara para ligarle entre pases sobre todo con la pañosa en la derecha. Su faena resultó técnicamente perfecta con los tiempos justos y sin dar concesiones a otro desclasado. Un Juli lidiador demostró la capacidad que posee para superar las muchas adversidades de este Domecq. Por otro lado, la faena de Enrique Ponce casi no existió al primero del encierro. Un toro muy mal echo con tipo de buey que embestía cansino al paso y todo esto con el inconveniente del fuerte viento flameando la muleta. Ponce estuvo algo más motivado a mitad de su quehacer cuando se entonó con la derecha a media altura, lo anterior fue buscar un acoplamiento que no encontró nunca. Lo inexplicable de su labor es que el público aplaudió al toro y ni se pronunció con el maestro como si tuviera que castigarlo. ¡Una Insensatez!. Enrique brindó el último toro de su particular temporada en El Puerto. ¿Será su último toro en esta Plaza?. ¡Solo el lo sabe!. Lo más destacado fue el inicio por doblones, con un toro que se desplazaba punteando pero después hubo poca fluidez en su labor ante un morlaco deslucido. Se fue de vacío por no tener opciones en el lote y otra vez la cruda realidad de un profesor ganadero -Juan Pedro- que no sabe encontrar la clase en sus pupilos artistas. /  Emilio trigo. portaltaurino.com

 

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