El español se convirtió en figura del toreo en 2011. Muchos dicen que es el mejor del mundo.

Es José María Manzanares el mejor torero del mundo? Hummmm. Quizás sí, quizás no. O todo lo contrario. ¿Es, por poner un ejemplo, Messi el mejor futbolista del mundo? ¿O lo es Cristiano Ronaldo? ¿O Xavi Hernández?. Qué va, el mejor, dirá usted, es el mío, aquel que no resulta de la suma de estadísticas, títulos, edades o valorización, sino de la sencilla mezcla, visceral, que junta ‘hinchismo’ (para no decir fanatismo) y satisfacción extrema.
Igual sucede en los toros. ¿Fue Belmonte el mejor de su época? Más de un joselitista debió desafiar a duelo en la España a comienzos del siglo pasado, de sólo oír que su amado José era relegado a un imposible segundo plano por ese hombre enjuto y feo que, a la vez, era para los suyos Dios con una muleta en las manos. Y en la mitad de los cuarenta quien se atrevió a blasfemar que Dominguín tenía razón cuando se autoproclamaba el número uno, podía salir molido, o al menos desterrado, por todos aquellos que habían elevado al cielo a Manolete. La figura puede repetirse con El Cordobés y Camino; o, más acá, con Rincón y Ponce.
No es (necesariamente) José María Manzanares el mejor torero del mundo, pero sí está clarísimo que no se puede hablar y escribir hoy de toros y de toreros sin pasar por ese nombre en la primera línea. Y no por sustracción de materia. De hecho, José María comparte la cima con José Tomás, El Juli, Morante y Pablo Hermoso, sólo para citar a cuatro toreros que arrastran multitudes y conmueven, en una curiosa época de oro del toreo a la que nadie recurre para defender la fiesta desde la esquina del arte.
Entonces, la pregunta cambia: ¿por qué está José María Manzanares en ese lugar y al lado de maestros que tienen centenares de faenas más a cuestas, en un oficio donde lo que resulta valer es eso mismo, el oficio? Primero, porque, si hay una forma de medir el ascenso a ese trono tan caro es poner como referencia a su propio padre, ese torero de toreros que fue, y es, José Mari Manzanares. Y ocurre que el hijo ha logrado invertir la ecuación. Es decir, hoy, José María no es el hijo de José Mari. Ahora, José Mari es el padre de José María. Incluso, para los viejos aficionados.
Segundo, porque ha construido una tauromaquia, o al menos la génesis de ella. Pocos (¿nadie?) tienen la capacidad de ligar como lo hace José María, con la finura del más delicado orfebre, suertes tan diversas para revaluar el concepto de que el toreo fundamental sólo consta de muletazos de derecha y naturales. Además, pocos (¿nadie?) tienen tanta facilidad para pegar ese complejo y definitivo segundo pase, y convertirlo, luego, segundo, tercero y cuarto en un interminable muletazo.
Tercero, porque la estética y la verdad caminan tan juntas de sus manos, que se funden en una sola obra. Eso, la belleza esculpida desde la orilla única del riesgo auténtico, lo convierten en un hombre que se juega la piel en tiempos en que, sin eso, no se es figura.
Cuarto, porque hay en él una evolución que permite creer que falta mucho por decir y por ver. ¿Cuál es su techo? No exactamente esa Puerta del Príncipe en Sevilla o la Puerta Grande en Madrid, entre abril y mayo del año pasado.
Eso, apenas para comenzar?
¿Es José María Manzanares el mejor torero del mundo? Quizás sí, quizás no.
O todo lo contrario.
Por Victor Diusaba para El Colombiano (http://bit.ly/zFARHL)