José María Manzanares hizo de su debut en Lisboa un triunfo histórico, especialmente por el resultado artístico. 

Plaza de toros de Campo Pequeño. El torero de impoluto gris y azabache… Espectacular vestido. Al primero,  un toro de Núñez de Tarifa, Manzanares tuvo que encelarlo con la capa. Se quedaba en sus tobillos y por un pitón se daba la vuelta como una alimaña. Después le haría lo mismo un par de veces más con la muleta, con mala fe. Un prenda de difícil lidia. El diestro lo llevó largo, asentado y desplegando su tauromaquia. Tanto como el animal le permitió. Profundos los trazos con la derecha. Ovación.

Dos vueltas al ruedo se vio obligado a dar José María Manzanares tras un faenón repleto de temple, profundidad y poso. Cuajó al de García Jiménez de pitón a rabo. Primero con el capote, con un variado recibimiento a la verónica que intercaló con dos chicueluinas de mano baja, rematando con una revolera. Lo que vino después fue el toreo con mayúsculas. Los de pecho fueron largos, marca de la casa. Un cambio de mano paró el tiempo y su zurda enamoró a Lisboa. Tras simular la suerte suprema recibiendo, el público portugués le aclamó en dos vueltas. 

Echó rodillas en tierra para recibir al último de la tarde. El toro de Juan Pedro Domecq humilló pero necesitó la dosis de dominio que le inyectó Manzanares. Variadísimo tercio de capa, primero con un par de verónicas de mucha enjundia que precedieron a una serie de tafalleras y un remate que encandilaron. Con la muleta en la mano, una delicia. Reunión, temple, naturalidad. La versión de los pases de pecho de Manzanares calan muy fuerte. Su mano derecha domina y templa. Y su mano izquierda torea con una calidad inusual. Tras simular la suerte suprema recibiendo, tuvo que dar otras dos vueltas. Puerta grande y triunfo para la historia en Lisboa.