En pocas ocasiones la Plaza México lució así. Los tendidos repletos de gente que no sólo vinieron a ver torear, también a ofrecer su cariño a todas esas familias damnificadas por los últimos terremotos en México. Más de 40.000 personas en la tradicional corrida Guadalupana, esta vez benéfica, hicieron saludar a los 8 toreros que hoy ayudaban con lo más valioso que poseen, su arte y calidad humana.

La predisposición de Manzanares a la verónica y su buen juego de muñecas combinadas con sus talones clavaros en la arena para recibir a Por México hacían presagiar toreo grande, de calidad, del bebido de lo más profundo de una dinastía. Retumbó La México con la media que interpretó el diestro. El de Xajay se desplazó cuando ya le había endosado un trincherazo de inicio. Aprovechó las embestidas lentas del animal por el lado izquierdo. Redució sus acometidas, como si el tiempo no existiera. La ilusión del público como si en lugar del séptimo toro solo fuese el segundo. Enorme y profundo Manzanares al  natural. Enroscado, rematando los trazos detrás de la cadera, pero sin despegar los talones del piso. Su toreo provocó la locura, cuanto más lento lo llevaba más vibraba La México. Pases de pecho con el mentón al pecho, un par de cambios de mano que aún están dibujados en la arena mexicana y otra trinchera a pies juntos… Final con un espadazo fulminante y una oreja.