Son tiempos que piden guerra los que viven toreo y toreros. Son tiempos de apretar riñones y mostrar futuro. Son tiempos de batirse el cobre en las arenas para llenar las gradas, para llegar a las masas, para poner en valor un tauro del que se estaba olvidando la sociedad. Y en ese tiempo de unir manos se había lastimado la de Manzanares.

Media temporada exiliado de las trincheras llevaba Josemari, apartado de los focos y con la mente constante en una mano necesaria para sumar, imprescindible para unir, esperada para vencer. Una mano capaz de mover la montaña cuando está unida a la cabeza, que volvió precipitada cuando la llamó el frente y que ha tenido que volver a volar a marchas forzadas para ir encontrando sus alas. “Bienvenido, Josemari”, le gritaba la ovación de Nimes que compartía con Morante al romper el paseíllo. “Bienvenido, Josemari”, le gritó el toreo después de hacerlo presente en el coliseo francés en víspera de foco en la nuca.

Lo hizo con ópera en tres actos en la que fueron secundarios los personajes de academia de Victoriano del Río. Actores de infalible método pero escasa alma y menos corazón, de engañosa humillación en los embroques y salida rápida de la escena, como si cumpliesen su papel con el acto de dar la réplica. Porque fue Manzanares quien cantó sin recibir las flores merecidas. Porque hubieran sido seis los paseos orejeros si no le cambian el guión a la gorda, que salió a cantar tímida y huidiza cuando estaba cayendo el telón.

Buscó el foco Manzanares desde el inicio de porte y compostura, de muleta tersa y ralentizadora de viajes que sacó con su primero. Toro de calidad sin empuje el de Victoriano, al que tuvo que colgar Josemari del trapo para sostener en pie una faena de torear a placer la livianía entre algodones del animal. Despacio, más despacio que el paso del Cachorro tiró el de Alicante del paño en labor de mayúscula intensidad que se acabó con los aceros. Y natural se abrió de capote en el cuarto para dormir en dos verónicas de diestro pitón una embestida que adornó después con chicuelinas y revolera. Todo despacio, sin un mal gesto.

Ni mudó el ademán para echarle por delante el pecho a un toro roncador y sin ritmo, por dentro en el primer muletazo y que había que corregir con toques y vuelos para reconducir su atolondrada acometida. Terminó convenciéndolo Josemari, que guardaba para el final el preciso vuelo de su zurda, la pasmosa facilidad de que vuele eterno el natural en el que crece el torero en cada tramo de más. Faena larga. Trasteo casi perfecto que convirtió en sacrilegio su cabezona forma de culminar en la suerte de recibir.

“Bienvenido, Josemari”, gritaba Nimes cuando se fue a torear sin probaturas al geniudo y transmitidor sexto, protestón en los finales y pronto en los cites, al que le aplicó el Manzana cuarto y mitad de diestra mano baja, de largo trazo apretado para que dulcificase su áspero trato. Fue el pitón derecho y fue sin probaturas, porque no decía lo mismo el victoriano cuando voló la franela a zurdas, porque fue con la derecha, la mano de partir el pan, con la que cogió Manzanares el único trofeo, que pareció mácula en tarde de más argumentos que premios. Ni falta que hubiera hecho cuando todavía gritaba el toreo “Bienvenido, Josemari”.

También lo dijo Morante en el apretón de manos con que comenzó la obra, aunque fuera para él tarde de no recordar. No se entregó nunca el amplio burraco que despachó en el primer acto, roncador y agresivo, que ni mantuvo la humillación ni creció en el empleo. Sí lo intentó Morante, encajado de riñón, muleta inquisidora, pico abajo y trazo atrás. Pero no se entendió con un victoriano informal al que le dio compostura y esfuerzo, cuando no son palabras que casen en el vocabulario del genio de la Puebla.

Porque no suele verse un ápice de Morante cuando José Antonio lo intenta, porque no suelen llevarse bien la persona y el genio cuando quiere el primero cumplir con su responsabilidad y protesta el segundo que le atraquen sus valores. Por eso creció el desencuentro entre el torero y la platea, adicta a la sensación del toreo que hoy no estaba con el de la Puebla.

Y andando se fueron los dos; el artista metido a artesano que trabajó para el guión y el esperado tenor, que cantó en la sinfonía de la Vendimia de Nimes mientras cámaras y focos, y muletas y percales coreaban al unísono: “Bienvenido, Josemari”.

Por M.A. Hierro (@mahierro)