El reloj lo trajo engrasado, preciso y exacto José Mari Manzanares. Llegó puntual y, a la hora de demostrar quién es y porqué, puso en escena su tacto y su matemática. Fue con el quinto, un Garcigrande huidizo, abantón, desnortado y sin objetivo concreto. Tenía mil opciones: el banderillero, su querencia a tablas, el lidiador, la nada de los chiqueros… Hasta que Manzanares sacó su máquina calibrada, compensada, una rueda dentada a la otra, su muleta agarrando al toro, a micras de los pitones las telas, compaginando el viaje de dentro y el de fuera. Un Manzanares suizo, pura matemática en la ciencia, plena estética en las formas. Esa ciencia, esa forma, esa facilidad para no fallar y aprovechar la humillación y el empuje del Garcigrande. Qué suerte la del toro, esa de caer en manos de un potenciador de sus dos virtudes principales: el empuje y la humillación.
Perfección en su funcionamiento demostró la maquinaria del de Alicante, salvo en lo que siempre le funcionó, la espada. En esa hora de la verdad su reloj funcionó como los del rastro. Vía J. Hernández para cultoro.com

Uno de Manzanares se movió poco y vulgar: cara a media altura, celo escaso y recorrido breve. Dejó estar, peor no torear. El quinto, más alto de manos, marcó de salida esa forma de mirar a todas partes para querer irse sólo a una: donde no estuviera picador, donde no estuviera nadie. Lo apretó Manzanares por abajo, tanto que le protestó por el pitón derecho y lo empaló sin herirlo. Toro de acertar en terrenos, eran los adentros, entre las dos rayas, y en el cite: paralelo a las tablas para darle celo, no dejarlo ir. Si lo torea en perpendicular no le pega ni uno. Bajo ese planteamiento perfecto sacó fondo el toro y surgió una buena faena, sobre todo con la mano derecha, siempre muleta tapando posibles huidas, largo el trazo y figura encajada. A más siempre. Con recursos: si el toro no le remataba hacia fuera, lo solucionada con un pase de las flores por adentro. Lástima de esa fea estocada recibiendo, porque era de dos orejas. Vía mundotoro.com