La plaza de toros de la ciudad francesa de Istres se llenó para ver un cartel con José María Manzanares como gran atractivo.

 
El minuto de silencio que se guardó en memoria de Iván Fandiño y Gregorio Sánchez no permitió respirar a un alma. Emoción.
 
José María Manzanares recibió al primero de Garcigrande con un par de lances a pies juntos, pero pronto vería que el toro que rebrincaba en los vuelos y se descomponía en las embestidas acabaría resultando manso. Antes de que se rajara y acabara en tablas hasta en tres ocasiones, el diestro toreó con temple y regusto con la mano derecha. Asentó los talones y corrió la mano con suavidad. Por el izquierdo resultaba complicado ligar con lucimiento pero hubo momentos de gran calidad. La espada entró a la primera y Manzanares saludó una fuerte ovación.
 
Lucido recibimiento capotero al quinto que adornó con una bella revolera. Manzanares instrumento una faena basada en la suavidad. Comenzó saliéndose del tercio en una primera tanda, genuflexu, con la que empujó al animal hacia adelante. Tras el remate de trincherazo llevó largo su embestida y trabajó para que el animal no se descompusiera y quedara descolocado. Faena a más en la que el torero administró de forma crucial los tiempos y el espacio. Enorme una vez más al natural. El sabor añejo en su verticalidad y naturalidad… Espadazo en la suerte de recibir y oreja en una aclamada vuelta al ruedo.