José María Manzanares ha cortado una oreja en Lima el día de su reaparición tras varios meses de baja. Tuvo que lidiar el peor lote, pero tuvo ocasión de mostrar algunos pasajes de su toreo más puro y profundo. Hondo, despacio, asentado… Todos aquellos mismos parámetros artísticos que hicieron a su padre, el maestro Manzanares, hacerse con un buen puñado de Escapularios de Oro. Pero el lote no tuvo opciones. El primero por su falta de clase. El segundo porque su escasez de empuje en la última parte del embroque imposibilitaba la transmisión de emoción al tendido.

Antes de nada, Manzanares confirmó la alternativa de Rafa Serna. Después intentó encelar a un toro de García Jiménez que salió frío pero no por ello sin clase. Ante las protestas de un sector del público, la autoridad tomó la decisión de que volviera a los corrales sin motivo aparente. Al que salió en su lugar, de la misma ganadería,  lo templó, y lo llevó con clase. Instrumentó faena de menos a más,  todo lo más que el animal, casi siempre con los pitones por encima del palillo, permitió. Lo mejor, la fulminante ejecución de la suerte de recibir al hilo de las tablas. 

En el cuarto llegó la naturalidad en un par de lances de capa. Después, el diestro tiró de imperceptible técnica para ocultar las carencias de un animal que perdía el fuelle cuando aún le faltaban dos trancos para terminar el recorrido de cada muletazo. Retrasó la tela el torero para alargar el viaje del animal. Rugió Acho, un año más,  con el toreo de Manzanares. En la suerte suprema el animal no ayudó y la espada no entró a la primera.