Ha sido la temporada de su consagración definitiva. El año en el que ha pasado de ser hijo de un grande a ser grande por sí mismo. A lo largo de su campaña, arrolladora de principio a fin, ha exhibido una tauromaquia en la que junto a su demoledora espada ha sentido el toreo con un plus de relajo y naturalidad, de madurez y despaciosidad. A pesar del salto de gigante dado, su techo se intuye aún lejano y eso, ya saben, hace de Manzanares un torero cada día más ilusionante.

“La presión perjudica a la hora de expresarte. Yo he intentado quitármela cada tarde y gracias a eso he toreado más a gusto y natural que nunca”