Fascinante el toreo de José María Manzanares al sexto toro de la tarde y realizado bajo un verdadero diluvio. Arrebatador tras ceñirse el pase diestro con auténtica verdad. Pocas faenas suponen un fogonazo tan grande por parte de un joven torero que camina firme hasta la cúspide. Lo hecho por Manzanares ha sido un prodigio de inspiración, sentimiento y verdad, ejecutado con la habilidad y talento de un maestro. Fue ésta la mejor versión de un toreo clásico, de influencia paterna, profundamente honda y enormemente sugestiva.      Me faltan elogios para Manzanares. En su faena al último ‘juampedro’ de la tarde se conjugaron con igual fortuna la noble calidad de las embestidas del toro y el portentoso y lento muletazo de extraordinaria sutileza, magníficamente trazado y mejor ligado. ¡Qué formidable sentido del temple! La armonía entre toro y torero logró, como siempre que esto sucede, una faena ejemplar.       Pocos toreros trazan el pase con más profundidad y pureza que Manzanares. En su mano la tela roja adquiere la apariencia suave y delicada de quien acaricia la embestida con absoluta falta de esfuerzo. El giro permanente hacia adentro acompañado por la cintura, muy lento, delineado, exento de ángulos, ceñido, expresivo y puro. De ese fluir del trazo forma parte destacada la perfecta técnica, la sutileza y naturalidad del virtuoso muletazo que se eleva a la categoría de lo sensacional. El alicantino condujo a un público, calado hasta los huesos, hasta un universo desconocido y prodigioso con su inspirado toreo y asombrosa capacidad.       Comenzó, Manzanares, con la diestra ejecutando un toreo a compás y ligado de irresistible fascinación. Las tandas de muletazos diestros se sucedían hilvanadas. Los cambios de manos, pases por bajo y de trinchera, de ensueño. Soberbio el natural lento, largo y profundo. Ya digo, faena contundente, de buen gusto y cargada de expresividad que terminó con el broche de oro de la gran estocada.       No tapa la fenomenal actuación de José María Manzanares la birria de corrida, impropia para esta plaza, presentada por Juan Pedro Domecq. Verdaderas ‘ratas’ por cara y escurridos. Hasta no parecían, por hechuras, los bajos y bien formados toros de su encaste. Además descastados y flojos. Sólo mantuvieron esa empalagosa nobleza santo y seña de la casa.       Con semejantes animales, y debido también al fuerte viento que sopló con fuerza durante toda la tarde, el festejo trascurrió hasta su epílogo en un querer y no poder. Enrique Ponce luchó contra el viento y con la falta de movilidad del insignificante primer toro de la tarde. De todas formas, su maestría volvió a demostrarse con extraordinarios muletazos diestros muy lentos y de verdadero empaque, y despaciosos naturales, llevando los pitones cosidos a la tela. De media estocada puso fin a una faena que careció de emoción. Con el protestado, por inválido, cuarto anduvo breve tras la petición del público.       A Sebastián Castella se le fue la feria sin conseguir su objetivo. Hoy, hasta desafió al fuerte viento en un desesperado intento por alcanzarlo. Se fue a los medios en busca de un triunfo que se hizo imposible. Se la jugó con el impresentable segundo en una faena firme y con enorme seguridad en sí mismo, sin que al final tuviera  el resultado deseado. Y realizó un enorme esfuerzo y demostró un gran valor con el protestado quinto, también impropio de esta plaza, aunque después empujara como ningún otro en el peto del caballo y demostrara genio en la muleta.  

     Castella se fue a la boca de riego, brindó, y se quedó quieto, impávido pese al viento, mirando a la fiera en una especie de desesperado deseo de que se iniciara la galopada con agresiva embestida para ejecutar, por dos veces, el trágico pase cambiado por la espalda. Después, se esforzó en larga pelea por conseguir su característico y ligado toreo. Sueltos muletazos a derecha e izquierda tuvieron el sello de la emoción. Un pinchazo anterior a la definitiva estocada le privó, quizá, de un seguro trofeo./ Sevillataurina.com

 

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