INDULTADO UN TORO DE CUVILLO, MANZANARES A CÁMARA LENTA

BARQUERITO |
Cuatro años después volvió a lidiar Cuvillo una corrida en Sevilla y se tuvo claro desde el arranque que el regreso iba a ser sonado. Un primer toro colorado de soberbia popa -531 kilos-, cortito de manos y descarado que salió galopando, fue muy pronto y llenó plaza con esas dos virtudes tan de bravo. Aparicio dibujó en el recibo espléndidos garabatos con el capote pero sin terminar de encajarse y, después de tomar el toro una vara de bravo, cargó las tintas y la suerte en un quite rumbosísimo y sinuoso de dos verónicas agitanadas, media de filigrana, una revolera y dos recortes porque el toro seguía las telas sin daño.
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Cuatro años después volvió a lidiar Cuvillo una corrida en Sevilla y se tuvo claro desde el arranque que el regreso iba a ser sonado. Un primer toro colorado de soberbia popa -531 kilos-, cortito de manos y descarado que salió galopando, fue muy pronto y llenó plaza con esas dos virtudes tan de bravo. Aparicio dibujó en el recibo espléndidos garabatos con el capote pero sin terminar de encajarse y, después de tomar el toro una vara de bravo, cargó las tintas y la suerte en un quite rumbosísimo y sinuoso de dos verónicas agitanadas, media de filigrana, una revolera y dos recortes porque el toro seguía las telas sin daño.
Después de la segunda vara salió Morante a quitar y se dejó ir en tres verónicas enroscadas de fantástico empaste, el vuelo justo, gran cadencia, y media de tanto compás como cualquiera de los tres lances previos. Se arrancó la música. En banderillas estaba todavía el toro caliente y persiguió sin hacer hilo a Caíto Quintana tras el segundo par, lo derribó y le perdonó.
La corrida no iba a tardar en embalarse. Para gloria mayor del ganadero, y de Manzanares, y de su toreo de muleta a cámara lenta, recosido y enroscado sin soltar apenas toro, en vertical, de brazos mecidos y cintura flexible. Un Manzanares plantado con insolente seguridad delante del tercero de la tarde. Y delante del sexto también, pero no tanto. Manzanares consiguió provocar el indulto del tercero al cabo de prolija faena donde no hubo ni que elegir terreno, por la docilidad del toro, y sí mano, porque la lesión de la izquierda impide a Manzanares torear con la soltura propia. Fue fundamental la gracia de adornos varios: una arrucina, el molinete del Gallo, la trinchera, el pase de las flores, dos o tres cambios de mano por delante, los cambiados de remate sacados al hombro contrario. Con ellos ganaron color la caligrafía y el solfeo de la faena.
El toro, de son tan retemplado, se había ido suelto un par de veces a final de faena y las embestidas empezaron a resultar mecánicas de tan pastueñas. La petición de indulto se embaló tanto como el aire de la corrida, la banda hizo de Cielo Andaluz un concierto, y el palco se avino al plebiscito. Envuelto en los bueyes, el toro volvió a corrales galopando. El indulto -primero concedido en Sevilla desde 1965, honrado entonces un novillo del Marqués de Albaserrada- vino de mano de la euforia, que se hizo contagiosa. Más bravo fue el primero de corrida, pero a Aparicio, apenas recuperado de una seria lesión de rodilla, le faltó aire para llegar más allá de los diez muletazos. Tanto pesaba el toro a pesar de su nobleza.
[…]
Y saltó el sexto, que fue de excelente condición. Ritmo más agreste que el de primero o tercero, pero una alegría abierta que no tuvieron los otros dos.
Pies de bravo en banderillas y una cadencia de embestida muy notable. Manzanares se rompió más con este sexto que con el tercero, la faena más intensa y por tanto más breve y las pausas se hicieron raras porque no las pedía el toro. Una estocada tendida. Después de tanta pelea se fue a morir el toro a tablas.

Cumbre de Manzanares, que indulta un toro de Cuvillo en La Maestranza

Noticias EFE
Juan Miguel Núñez
Sevilla, 30 abr (EFE).- Apoteósica tarde de toreo, hoy en La Maestranza de Sevilla, con el triunfo de un toro de Núñez del Cuvillo, a la postre indultado, y una magistral doble actuación del diestro José María Manzanares, premiado con cuatro orejas, dos de ellas simbólicas.
– Apoteósica tarde de toreo, hoy en La Maestranza de Sevilla, con el triunfo de un toro de Núñez del Cuvillo, a la postre indultado, y una magistral doble actuación del diestro José María Manzanares, premiado con cuatro orejas, dos de ellas simbólicas.

GRAN TOREO, Y RECONOCIMIENTO AL TORO
No habrá unanimidad en los elogios al toro indultado. Seguro que no. Como no la hubo el día anterior en los parabienes al “Juli” por su salida a hombros por la Puerta del Príncipe. Pues en uno y otro caso, aún habiendo muchas cosas muy notables que ponderar, quedan todavía insatisfacciones que no justifican reconocimientos tan extremos.
El toro “Arrojado” fue, o dicho con más propiedad, es aún, puesto que sigue vivo, un animal con mucha clase. De extraordinario son y exquisita nobleza. Toro cuyo comportamiento en el argot ganadero llaman pastueño, seguramente porque acude a los engaños con una calma y bondad infinitas -la Real Academia matiza que “sin recelos”-, como si se tratara de un carretón que va y viene según los deseos del hombre que está delante, con mucha fijeza, empujando lo justo y desplazándose largo.
Un toro ideal para el torero. Pero, ¿y el público? ¿acaso ése es también el toro preferido por el público, para emocionarse y apasionarse por el espectáculo del toreo, en el que se enfrentan inteligencia y arte del hombre contra el empuje bestial del astado? Pues, no. está claro que la bravura es también, o debe ser, picante, o simplemente más “motor”. Y al de Núñez del Cuvillo, en este sentido, le faltó “chispa”.
El toro acudió alegre al caballo en los dos encuentros que tuvo. Incluso se dejó pegar, pero acabó yéndose. También en la muleta se largó dos veces a tablas. Algo muy bueno fue que duró mucho. Para resumir: toro con muchas cosas a favor y otras no tanto.
El indulto va dar que hablar. De hecho, en la misma plaza, con las celebraciones ya más relajadas, en el sexto toro, cuando el mismo Manzanares estaba preparándose para entrar a matar, gritó una voz del tendido bajo de sombra: “¡vamos a indultarlo hombre!”. Ironía pura, que en Sevilla se da mucho.
En lo que sí es posible que haya unanimidad es en lo de Manzanares. El temple y el gusto, la ligazón que da unidad y ritmo a la obra, la parsimonia y la prestancia, la figura tan encajada…, y antes que todo eso la fuerza de la naturalidad de su toreo.
En lo fundamental, las series de derechazos y naturales, paró el tiempo para plasmar auténticos carteles. Y los remates y adornos, unas veces de trinchera, otros cambiándose de mano lo mismo por delante que por detrás, el molinete sobre la marcha, dándole a este pase su verdadera función al salir de lo más airoso de una situación comprometida. Para qué decir los de pecho, de pitón a rabo, vaciando la embestida a la hombrera contraria.
Inenarrable. Y más teniendo en cuenta que a pesar de la variedad que presidió el conjunto, las dos faenas fueron un calco. Manzanares se superó a si mismo. Y superó a todos. A todos, quede claro.

Buena tarde de toreo de Manzanares. Y pese a las críticas que se esperan, bonito reconocimiento también al toro de Cuvillo que hoy hizo historia en La Maestranza.

Cumbre de Manzanares en Sevilla, indulta, cuatro orejas y Puerta del Príncipe
TOROS. Tarde para el recuerdo la vivida este sábado 30 de abril en la Real Maestranza con un José María Manzanares que se ha elevado al Olimpo de las figuras del toreo tras cortar cuatro orejas e indultar un toro de Núñez del Cuvillo.

Sixto Naranjo – 30-04-11

Tarde de sentimientos encontrados. De analizar bajo el prisma de la ortodoxia o dejarse llevar por el ambiente que ha electrizado la Maestranza. La cabeza te pedía una cosa, pero el corazón otra. De velar por la pureza de la Fiesta y el rigor de una plaza o ir más allá y agradecer lo acontecido para el futuro más próximo de este espectáculo.

Y todo ello condensado en una faena, en un toro… pero sobre todo en un torero que hoy ha firmado la tarde más redonda y rotunda que uno recuerda desde el 5J de José Tomás en Madrid en 2008. Porque por encima del indulto y de la polémica que generará, está la actuación de José María Manzanares. Cuatro orejas y una plaza y una afición entregadas a la pasión del Toreo, con mayúsculas.

El animal al que se ha perdonado la vida ha salido en tercer lugar, Arrojado de nombre y 500 kilos en la tablilla. Un toro bajo, armónico, que pasó por el caballo sin mansear, pero tampoco sin hacer pelea de bravo. Sin embargo, en la faena de muleta fue el prototipo de toro que busca Cuvillo. Un toro de una nobleza enclasada que embistió hasta el final y de una duración tremenda. Manzanares le había recibido con unas verónicas muy a compás y se dio cuenta rápido de las cualidades del toro. Sin titubeos ni probaturas comenzó a desgranar tandas de gran expresividad y compás, pero sobre todo de un temple sublime y una despaciosidad asombrosa. Mediada la faena el público comenzó a vivir la obra del alicantino puesta en pie y comenzó a pedir el indulto. Si nos ceñimos a la realidad que vimos hay que decir que el toro buscó la querencia de los tableros de sol, lugar del que le sacó Manzanares para llevárselo de nuevo más allá del tercio para cuajar otras dos tandas que reafirmaron la nobleza y la calidad del toro. El público pidió con unanimidad el perdón de la vida del toro y el presidente Salguero tuvo que plegarse a la voluntad de la mayoría. Dos orejas simbólicas y vuelta de Manzanares con Álvaro Cuvillo.

Pero ahí no había quedado lo único que nos iba a ofrecer José Mari. Porque con el escurridito sexto volvió a deleitar, esta vez más roto, enganchando más al toro al que cuajó una faena más corta de metraje pero de igual ritmo y temple. Hubo naturales eternos, echando los vuelos de la muleta por delante y tirando del toro hasta detrás de la cintura. Haciendo y diciendo el toreo. Estocada arriba y otras dos orejas que van más allá de la estadística, que encumbran a José María Manzanares definitivamente en la cima del toreo.

El alicantino corta cuatro orejas y un rabo en La Maestranza y perdona la vida de un Núñez del Cuvillo
Manzanares indulta al primer toro de la historia en Sevilla

30 Abril 11 – Sevilla – Patricia NAVARRO
La Puerta del Príncipe no bastaba. Atravesó el umbral entre gritos de “torero, torero”. No cabía un alma ni en la plaza ni en los alrededores. Tantos queríamos acompañar a José María Manzanares en ese día que ya ha pasado a la historia. La tarde del indulto. Las cuatro orejas. La emoción desatada. Desbordada. Imágenes que nos acompañarán mañana. Feliz, radiante salió a hombros vitoreado. Llegó al coche de cuadrillas. Se abrazó allí con alguien. ¿Quién sabe quién? A lo lejos, tan sólo se vislumbraba el abrazo. La ilusión armada. Pero no bastaba. Como no bastaba con que “Arrojado” encontrara la muerte tras la espada. Y como no bastaba la afición volvió a tirar de él. La afición, gente de bien, que trabaja, o no en este país de paro. Gente que paga su entrada, que busca en el toreo, en el arte, la emoción, la sensibilidad. El levantarte del asiento porque algo, casi inexplicable, de pronto, qué decir, cómo decir, los vellos de punta, una envidia sana, el mundo olvidado. ¿Y todo por un pase? Sí, la bendita locura, el milagro que esconde un muletazo. Y decía entonces, que sacamos a hombros a Manzanares, aventurados ya, embriagados, extasiados, dispuestos a celebrarlo. Y se negó la gente a dejar al rey de la tarde en el coche, y tiraron de él, y a la vez una congoja se despertaba en la barriga. La gente tiraba, mundanos todos, tiraban del torero, último héroe del siglo XXI para pasearlo a hombros rumbo al Guadalquivir. Qué imagen…
Histórica tarde, que había marcado un hito mucho antes. Grandioso retorno de Núñez del Cuvillo a Sevilla. Ya el primero cantó verdades de bravura, de entrega, de nobleza. Ante las que Morante dejó un quite por verónicas y una media, que en otras tardes nos hubiera servido para hilar una crónica entera sumando los detalles de Aparicio capa en mano. No estuvo a la altura después. Una pena. Tampoco lo estaría con el cuarto. Poco más nos dejó después Morante. Ni en uno ni en otro.
Salió “Arrojado” el tercero. Cumplió en varas, como toda la corrida. Y se hinchó a embestir. Pero qué manera de hacerlo. Fijeza, descolgado el cuello, entrega en el viaje, claridad y bravura. José María Manzanares toreó a cámara lenta. No. Más despacio todavía. Largo, no, en busca de la eternidad. Y juro que la encontró. El toreo es, fue, será, una emoción incontenible que se nos fue de las manos, mientras ese toro no se cansaba de embestir y Manzanares depuraba los muletazos, más aterciopelados, cosidos al de pecho, metiendo al toro por dentro, profundo el remate, intenso. La gente en pie. La emoción en el ruedo, en el tendido. Los pañuelos que asoman, que piden la vida para el toro, que se le deje para semental. Manzanares que enseña al astado, que lo luce, su cómplice, amigo, y ante el júbilo general, asoma el pañuelo naranja por presidencia. Llora Manzanares, se abraza a Álvaro Núñez, corre el mozo de espadas por el callejón… Nadie se libra de la emoción. Todos presos. Conscientes. Aturdidos ya.
¿Dos orejas? ¿Dos orejas y rabo? Simbólico todo. La Puerta del Príncipe está a medio abrir. De par en par en nuestros corazones. Sale el sexto. Otro Cuvillo de cante grande que cierra un corridón, ganadero. Y ese Manzanares que vuelve a perderse, a perdernos, por los caminos más bellos que tiene el toreo. Y de pronto, los muletazos, de tan largos, tan largos, parecen unirse. Y sublima Manzanares así el arte más bello que hay en el mundo. Nuestro mundo, de nada salvaje. Belleza brava torero. Empaque y profundo. Contradicciones rotas. Y éxtasis total cuando entra la espada. Por la Puerta grande se fue Manzanares. Y todos. Has hecho historia, maestro.

Manzanares, cuatro orejas a placer, Puerta del Príncipe, un indulto
Zabala de la Serna | Sevilla

Quería la gente jarana desde un principio. De esas cosas que se sienten. Que se palpan en el ambiente. Tarde proclive para el toreo. Y al final para el toro. Volvía Cuvillo y Morante y Manzanares. Y Aparicio claro. Lo que fue una maravilla de ambientazo degeneró en un cachondeíto. Un indulto innecesario para un toro de mucha clase y temple. Esta vez si que se puede decir que tal torero indultó un toro. Manzanares indultó un cuvillo. Se empeñó a conciencia. Ya al final donde la acusada querencia del toro siempre marcó desde que pisó el albero. “Arrojado” se llamaba. De 500 kilos justos. Muy bajo de hechuras.
José María Manzanares lo toreó a placer. Muy, muy, despacio. Conseguido el pañuelo naranja de un presidente que ya era la segunda vez que la cagaba en la tarde (la primera fue la devolución precipatada del segundo), Manzanares se olvidó de todo. Hasta de simular la suerte con la mano o con una banderilla. Incluso sacó a dar la vuelta al ruedo a Álvaro Cuvillo antes de recoger los trofeos simbólicos. Que fueron dos orejas para excelsa faena, convertido el toreo en un juego. Bueno de verdad por bravo había sido el primero que Aparicio se dejó ir. “Halcón” se llamaba aquél. El toro perfecto de Sevilla por todo. Ritmo sostenido, bravura, calidad, entrega, fijeza. Lo que se vio en un quite de Morante a la verónica acongojante en respuesta a uno de Aparicio muy apaulado.
Morante pagó los platos rotos del presidente, Joaquín Salguero, que como el otro día se tragó la devolución de un toro de Dolores Aguirre ayer precipitó la de un segundo que no había hecho apenas perder una mano para devolverlo. El feo sobrero embistió de salida descoordinado y luego muy pegajoso. Morante estuvo por encima y con sus momentos de arte y corrección para los defectos del toro, que hacía hilo. El quinto, un zapato, salió con genio, derrotó abajo en un burladero, nunca apoyó bien de los cuartos traseros, se derrumbó con estrépito de alma y para colmo se dio un volatín. Morante abrevió sin pensárselo dos veces o darse la absurda coba que Aparicio se dio con un cuarto que asesinó en varas. ¿Quién le ha puesto bola negra a Morante de la Puebla? La cuadrilla de Manzanares, como el Domingo de Resurrección, fue un lujo. También con el más lavado y estupendo sexto, profundo en su embestir. Manzanares de nuevo a placer paró el tiempo. Otras dos orejas. La consagración.

Cumbre de Manzanares y Cuvillo en Sevilla

PABLO GARCÍA MANCHA | SEVILLA.
Desde 1965 no se lograba algo así en Sevilla. Ayer, el alicantino obró el prodigio al torear con inusitada lentitud
El torero sale por la puerta del Príncipe tras indultar a un toro de inmensa clase en La Maestranza

Resulta complicado explicar el aluvión de sensaciones que se vivieron ayer en Sevilla, en una Maestranza abarrotada en la que José María Manzanares toreó con una exquisitez y una lentitud tal al tercero de la tarde, que la faena fue creciendo en intensidad hasta llegar a ese clímax del indulto. Quizás el toro no fuera tan bravo en los primeros tercios -quizás-, pero desarrolló en la muleta del alicantino una calidad y una embestida tan sedosa, que a José María Manzanares le dio por detener el tiempo en un aluvión de series dibujadas a un compás tan lento, tan quedo, que parecía un espejismo que estuviese toreando con tan asombrosa lentitud. Los embroques fueron un prodigio de belleza y luego, aunque algún muletazo por la izquierda acabara enganchado, la parsimonia del trazo y la largura de la faena fueron definitivos para que el público, con la decisión evidente del torero de no matar al Cuvillo, clamara enfervorizado por la vida de ‘Arrojado’, un astado que pasará a los anales de Sevilla porque desde 1965 ninguna res había gozado de tal privilegio en este auténtico templo del toreo. Muchos dirán que ayer se desbordaron las pasiones como un tsunami, pero la fiesta de los toros es especialmente apasionada y la emoción que embargó a los espectadores fue tan arrebatadora que los debates sobre los merecimientos del indulto parecen amortizados al sentir en la piel la suavidad de los muletazos de Manzanares, o la exquisitez de una faena mecida con el aroma del toreo más hermoso, a veces hasta lánguido por la dulzura de una expresión al lancear en redondo que sólo está al alcance de unos pocos elegidos.

Tarde histórica: indulto y Puerta del Príncipe para Manzanares
La Maestranza vive el gran triunfo de la fiesta; el triunfo del toro, expuesto y venerado en el altar del arte supremo
ANTONIO LORCA | Sevilla 30/04/2011
El toro, acompañado por los cabestros, se marchó a los corrales galopando, y dio la impresión de que miraba a los tendidos con el orgullo y la dignidad de los vencedores. La plaza lo despidió puesta en pie, con las palmas de las manos rotas por la emoción, mientras el diestro José María Manzanares, su lidiador, y el ganadero, Álvaro Núñez del Cuvillo, se fundían en un abrazo interminable y juntos daban una apoteósica vuelta al ruedo.
Se trataba, sin duda, de un momento histórico; una fecha para enmarcar, de esas que se recuerdan siempre y sirven para decir aquello de ‘yo estaba allí’. Ha sido el triunfo de la fiesta; el triunfo del toro, la grandeza del toreo, expuesto y venerado en el altar del arte supremo.
Y Manzanares ha culminado después otra grandiosa faena ante el sexto de la tarde y ha salido en volandas por la Puerta del Príncipe. El acabose; lo nunca visto en esta plaza.
Arrojado es su nombre, pesó 500 kilos, y nació en abril del año 2007. Un toro correcto de presentación, bonito de hechuras y cómodo de pitones. Salió con pies de los chiqueros, y Manzanares solo pudo lucirse en una verónica. Acudió con alegría al caballo en dos ocasiones y recibió poco castigo, como corresponde a los toros de hoy, pero hizo bien la suerte el picador Chocolate. Galopó con brío en banderillas y permitió el lucimiento de Curro Javier, que clavó dos magníficos pares, y Luis Blázquez, que fueron obligados a saludar. Y llegó la muleta de José María Manzanares, un torero elegante e inspirado, con empaque y embrujo en las muñecas, y va y se encuentra con un toro artista, suave como la seda, que embiste con cadencia, suavidad, con ritmo, alegría y suprema bondad. Y toro y torero se funden en una armonía de destellos artísticos. Los derechazos surgen lentísimos, largos, hondos, auténticamente majestuosos; y los de pecho se tornan en circulares, mientras la plaza estalla de vibración incontenible.
Manzanares despliega toda su tauromaquia, basada en una estética personalísima, en unos movimientos corporales que se acercan al ballet, y se crece en la medida que el toro colabora en una obra de arte que estaba resultando grandiosa. Una tanda, y otra, los tendidos enloquecidos; los naturales, pocos, un prodigio de belleza. Y Arrojado que deslumbra por su forma de acudir al cite, siempre presto, siempre largo y con mayor entrega a medida que avanzaba la faena.
Surgen los primeros pañuelos en petición de indulto. Y el toro sigue embistiendo, con más brío si cabe; y la faena se alarga mientras el presidente medita, y, finalmente, se rinde a la evidencia y decide que Arrojado y Manzanares pasen a la historia del toreo.
¿Ha sido merecido o no el indulto? Primero, no existe un protocolo que dicte las normas exigidas para tal caso. Ante la calidad superior de un toro, surge la subjetividad. Pero los árboles de la emoción a flor de piel no deben impedir ver el bosque de la realidad. Arrojado no ha sido un toro perfecto. No ha empujado con los riñones en el caballo, ha sido banderilleado en los terrenos del sol y allí se ha desarrollado gran parte de la faena de muleta. Ha sido, eso sí, el paradigma del toro moderno, el referente del toro del siglo XXI, que no destaca ni por su trapío, ni por su fiereza ni poderío, sino por su calidad, bondad y entrega. Ese es el toro bravo que exige el toreo de hoy. Ese es Arrojado, un bombón, un merengue, con capacidad ilimitada para embestir. Por esos méritos ha entrado en la historia, después de Laborioso, un novillo de Albaserrada, que fue indultado en esta misma plaza el 12 de octubre de 1965.
Pero ha habido más: dos pares de banderillas de auténtica categoría de Juan José Trujillo en el sexto, y otra faena excelsa de Manzanares en ese toro, otro de bandera, que persiguió la muleta con acometividad y codicia. Y el diestro, en estado de gloria, ha dibujado el toreo y, en verdad, lo ha elevado a la categoría de arte. Los muletazos por ambos lados, los cambios de manos, los pases de pecho compusieron toda una sinfonía difícil de explicar. Los naturales, una sola tanda, emotivos, hermosos, magníficamente abrochados y ligados, perfectos de colocación y remate. Y la estocada, hasta la bola, ejecutada con el cuerpo entero. Y la Puerta del Príncipe que se ha abierto de par en par para el torero artista.

«Arrojado» a la gloria
ANDRÉS AMORÓS / SEVILLA
Día 01/05/2011

Pocos espectáculos más hermosos pueden contemplarse en una Plaza que el indulto de un toro: con su bravura sostenida, extraordinaria, consigue burlar a la muerte y volver a la dehesa. Esa gloria la ha conseguido hoy «Arrojado», de la ganadería de don Joaquín Núñez del Cuvillo, lidiado en tercer lugar por el espada José María Manzanares, que ha realizado una gran faena. Se han vivido momentos de enorme emoción.
Hasta aquí, la noticia escueta. El acontecimiento es tan insólito que muy pronto se han planteado preguntas. La primera: ¿desde cuándo no sucedía esto en Sevilla? Yo, la verdad, no lo había vivido. Mi amigo Eugenio, memoria viva de esta Plaza, recuerda un novillo de Albaserrada, a mediados de los sesenta: hace ya cuarenta y cinco años…
Segunda pregunta. A Manzanares le han dado dos orejas simbólicas: ¿cuentan estos trofeos para la salida en hombros? La realidad nos lo confirma: José Mari corta otras dos orejas en el último y vive la emoción única de abrir la Puerta del Príncipe, entre un clamor popular extraordinario…
Vayamos por partes (como decía Jack el Destripador). Durante todo el día no ha parado de llover. Parecía imposible que se celebrara la corrida: gracias a la lona, el suelo se ha mantenido. Y gracias a Dios, que esta vez sí se ha mostrado buen aficionado, ha salido el sol y hemos vivido una tarde dorada. Me dice mi amigo Ildefonso: «Ayer por la mañana, todos hablaban de Mourinho; hoy, toda Sevilla habla de toros». ¡Qué alegría! ¡Y mucho más que van a hablar mañana!
La corrida de Núñez del Cuvillo ha estado bien presentada, con varios toros ovacionados de salida, y tres han dado excelente juego: el primero de Aparicio y el lote completo de Manzanares.
Vayamos ya al tercero, de cuatro años justos, negro mulato, astifino. Humilla bien pero vuelve al revés y muestra tendencia a toriles. Hay un gran puyazo de Chocolate y unos estupendos pares de Curro Javier. El toro va un poco suelto pero se mueve mucho y humilla. Al llegar a la muleta, saca toda la nobleza y bravura que llevaba dentro. Desde el comienzo de la faena, embiste casi al ralentí. Manzanares brilla en derechazos suavísimos, de mano baja. Parece que se duerme en los muletazos. Enlaza derechazos, naturales, de pecho, cambiados, con una estética verdaderamente fuera de lo común. Y el toro no para de embestir, con clase extraordinaria. La Plaza hierve. Comienzan a asomar pañuelos blancos, pidiendo el indulto para el toro, que embiste incansable. Manzanares mira a la presidencia: no se cansa de torear ni el toro, de embestir. Es difícil ver torear de una manera tan relajada: como si bailara un chotis, en un ladrillo, dice una bella espectadora. Los tendidos son ya un volcán y el presidente saca el pañuelo naranja: emoción de verdad inenarrable. Manzanares da la vuelta al ruedo con el ganadero, Alvaro Núñez del Cuvillo.
Si analizamos fríamente la cuestión, el indulto sería discutible por lo que hace el toro en los primeros tercios; no tiene duda, en cambio, por su forma de crecerse al castigo, de embestir sin parar; ni, por supuesto, por el extraordinario clima de emoción que se ha creado.
Tiene fortuna también José Mari con el último, más pegajoso, que pierde en varas la funda de un pitón, flaquea un poco pero embiste a la muleta alegre, pronto, con casta. Saluda Trujillo en banderillas. El alicantino vuelve a torear de maravilla: acompaña con la cintura, manda, liga los muletazos, traza arcos lentísimos y de pecho inacabables, con una estética innata a la que ha unido ya la madurez. Un estoconazo culmina la obra de arte y la tarde; y, de momento, su vida torera: sale triunfalmente por la Puerta del Príncipe.
Hoy es la tarde de José Mari.
Recuerdo un verso: «De la gloria a tus pitones…» Hoy ha sido al revés. Con sus pitones, ha subido «Arrojado» a la gloria de los toros bravos. Y, con él, un gran torero, José María Manzanares. Tarde inolvidable. Cierro con otro verso: «¡Hermoso toro de España!»

tuvo la virtud del temple y la cadencia en una faena bellísima
Manzanares, cumbre en La Maestranza

CARLOS ILIÁN.Sevilla 30/04/11 – 22:52
La clase excepcional y la nobleza de “Arrojado” le valieron el indulto pedido por todo el público de la Maestranza puesto en pié. Este toro magnífico de Núñez del Cuvillo hace historia en esta plaza pues de lo que se tiene constancia en sus casi trescientos años es el segundo indulto que se concede. El primero se otorgó a un novillo de Albaserrada lidiado por el novillero Rafael Astola hace 50 años.
La embestida del soberbio ejemplar indultado ayer fue determinante para que le perdonaran la vida. Puede ponerse el reparo de que en varas no hizo una pelea notable y que alfinal de la faena buscó las tablas. Pero no es menos cierto que el propio Manzanares lo sacó de nuevo a los medios y allí el toro siguió embistiendo con una entrega estremecedora. Se cumple pues un nuevo capítulo en la leyenda de la Maestranza y desde ahora este “Arrojado” de Cuvillo quedará para siempre como un toro histórico. Por supuesto que de no haber caído en las manos de seda de José María Manzanares tal vez a esta hora estuviera desollado y listo para ser devorado en filetes en algún restaurante.
Manzanares tuvo la virtud del temple y la cadencia en una faena bellísima e intermitente. Hubo momentos con algún enganchón, pero al instante retornaba el toreo más reposado y cadencioso que se pueda imaginar. La cumbre de esta faena se produce en una tanda de naturales absolutamente portentosos por su temple, lentitud y remate. Una obra de arte del pase fundamental del toreo. Y debo decir que en este toro Manzanares estuvo mucho más cerca de los terrenos sagrados del toro y no se pródigo en esa ventajista manera de torear al hilo del pitón y escondiendo la pierna contraria. Sí, amigo José Mari, así se torea y olvídese poe favor de las ventajas porque usted está dotado para el toreo grande y no el de consumo que practica la mayoría de las llamas figuras actuales.

Indulto y Puerta del Príncipe de José María Manzanares en una tarde para la historia

El alicantino, despedido al grito de ¡Torero, torero! perdonó la vida a “Arrojado”, número 217, negro mulato de 500 kilos tras cuajar una obra cumbre y sumó dos orejas más del sexto para redondear una tarde de ensueño
Tarde histórica la que se vivió en la Real Maestranza de Sevilla. El diestro José María Manzanares indultó a un gran toro de Núñez del Cuvillo, de nombre Arrojado, número 217, negro mulato, tras una faena sencillamente extraordinaria llena de estética, gusto y torería. El alicantino completó su obra cortando dos orejas al que cerró plaza y abrió de esta manera la Puerta del Príncipe.
La faena de Manzanares al tercero fue cumbre. El toro fue pronto, noble y de gran calidad. Ya en la lidia, el de Cuvillo recibió un buen puyazo de Chocolate y dos pares de banderillas de Curro Javier notables que le obligaron a saludar. La faena de muleta fue extraordinaria, completa, larga y variada. El alicantino comenzó toreando lentísimo y así siguió hasta el final de la faena. Una despaciosidad que predominó a lo largo de la faena. Acariciando al toro, con suavidad y templanza. No ha podido torear más despacio. Acarició al toro en varias series de derechazos de gran estética, lentitud, naturalidad y empaque. A cámara lenta. Al natural lo llevó largo y por abajo. El público comenzó a pedir el indulto y Manzanares siguió disfrutando en una final de faena que tuvo de todo, cambios de mano, por la espalda, abrochados con los eternos pases de pecho. Finalmente, y con la Maestranza en pie, el presidente concedió el indulto. Frente al sexto completó una tarde histórica. Brindó al público. Toreó con mando desde el comienzo en una serie sobre la diestra rematada con un trincherazo. Siguió sobre la diestra en otra serie en redondo de mucho sabor abrochada con un cambio de mano marca de la casa. Manzanares volvió a torear despacio imprimiéndole una gran profundidad a cada uno de los muletazos. Con la izquierda, los naturales fueron largos, bajándole la mano y echándose al hombro contrario en los de pecho. Volvió a la diestra en otra tanda importante, llevando al toro cosido a la muleta. Otro cambio de mano extraordinario remató una labor intensa y de gran emoción. Estocada entera y dos orejas más.

Paco Mora
Un Príncipe para una puerta

Por Paco Mora

Genial, asombroso, mayestático. Esos tres calificativos son de una pobreza que roza la miseria para describir todo lo que hizo José Mari Manzanares en la Maestranza sevillana la tarde del sábado último de Abril
Genial, asombroso, mayestático. Esos tres calificativos son de una pobreza que roza la miseria para describir todo lo que hizo José Mari Manzanares en la Maestranza sevillana la tarde del sábado último de Abril. Al relojero de la plaza de Sevilla habrá que hacerle un sitio junto al reloj, para que lo vaya poniendo en hora mientras torea Manzanares, porque el temple cadencia, ritmo y lentitud que imprime a su toreo el alicantino clava las manecillas del reloj, y cuando se torea así esos artilugios que sirven para medir el tiempo no tienen nada que hacer.??Es imposible torear más despacio. Ni con más gusto y encajando mejor los riñones y pasándoselos más cerca sin detrimento de la calidad de los pases. Inenarrable el triunfo de José Mari, una locura. Y Sevilla se ha vuelto loca y ha adoptado al de la “terreta” por unánime aclamación. Y eso que allí estaba Morante que desplegó su capotillo en verónicas de ensueño, y hasta un Aparicio que dejó varios retazos de su arte soberano en el albero sevillano. El público de la ciudad del Betis fue testigo de cómo en una sola tarde, con dos toros que no fueron siquiera los mejores de la corrida, aunque indultara uno, se puede encaramar un torero en la cumbre de la Fiesta y arrebatarle el cetro al que lo ostente en ese momento. Porque Manzanares es desde el día de gracia, que para el toreo ha sido el sábado día 30 de abril, el gran caporal del toreo. En sus manos está desde ahora el cetro de la Tauromaquia, y la responsabilidad de honrar y enaltecer con su arte nuestra Fiesta, esa Fiesta que nos quieren quitar un puñado de ignorantes sin sensibilidad.??Y por cierto, ¿han observado que hoy no hemos hablado de los toros? Y conste que no ha salido el toro perfecto, sino el toro de un ganadero trabajador y escrupuloso, con el trapío necesario y con un grado aceptable de casta en la mayoría de los casos. Una corrida con sus lunares pero que sirvió para que los toreros pudieran divertir a los aficionados. Dos de ellos tuvieron la suerte de tocarle en el sorteo al hijo de un tal José María Dolzs Abellán. Maestro, ¿Cómo se le queda a uno el cuerpo habiendo echado al mundo un torerazo como el que ha salido hoy por la Puerta del Príncipe?

Turquesa y oro, abril muriéndose

Por ANA PEDRERO
Moría abril como van los soldados a la trinchera, sin guardarse nada, con palabras escondidas en la retaguardia como una munición apresurada de emociones, de lo que no se explica, de lo que no se anuncia.
Venía dispuesta a coser las palabras últimas de abril sobre la caricia del capote de una verónica eterna de Morante, verde esperanza como los palios cimbreantes, como los mantos de las Vírgenes antes del luto, en la antesala de lo que siempre resucita.
Venía con los dedos empapados en agua bendita, como quien se hace la cruz sobre el pecho antes de pisar sobre sagrado, verde esperanza, como una verónica enjuagando doce mil y pico almas en su pañuelo rosa capote.
Venía abril dispuesto a morir verde esperanza, sólo palabras, milagro y acto de contricción que se transformaron en turquesas sobre el albero, piedras preciosas engastadas sobre la misma carne, seda turquesa y oro, el toreo sin tiempo; la cadencia, que no tiene nombre; el ritmo que se mide en el silencio, toro y torero, el mundo en un cambio de manos y después la nada, el cielo recién limpio de la lluvia contra la madrugada y un príncipe sobre los hombros que alzaron Nazarenos y Cristos, bajo la puerta que conduce de lo real a la gloria.
Abajo, la hondura, el surco de las emociones, y allá, más arriba, miles de almas, en pie, Sevilla rompiéndose por la cintura en el abrazo inabarcable, en las gargantas que cantan tu nombre con sabor a manzana, torero, el del postizo rubio trenzado al corazón de una mujer y la muñeca quebrada, poderosa, acero y terciopelo.
Así abril, queriendo morir, embebido en la muleta, abril turquesa y oro, desangrándose por las calles que vierten al Guadalquivir, mientras en el campo, entre los acebuches, la vida reclamaba la vida.

Manzanares y Cuvillo, Historia del Arte

Carlos J. Trejo

Hoy se ha vivido la sublimación de la Fiesta en la Real Maestranza. Arrojado, negro mulato listón, marcado con el número 217 y de 500 kilos de peso, de la ganadería Núñez del Cuvillo ha sido indultado a manos de José María Manzanares en una tarde histórica.
Es difícil contar lo vivido hoy en Sevilla, será necesario el paso de los años para poder para, ya desde la perspectiva histórica, valorar el acontecimiento.
Sobran hoy los apuntes de la tarde, solo desde la pasión más desbordada se puede hablar de la tarde de hoy. Arrojado se encontró con Manzanares, y Jose Mari encontró al de Cuvillo.
Bajo los sones de Cielo Andaluz dio cominezo el recital. Despacio, sentido y sublime. Cambios de mano ligados con el de pecho. Qué manera de embestir, y qué manera de torear. Eternos naturales, armonía, suma perfección. No dejaba de galopar Arrojado repetía y repetía y Manzanares lo bordó. La plaza era un clamor, y tras cambiar la espada simulada por la de verdad comenzó el público a solicitar el indulto. Tibia petición al principio pero que se acrecentó tras volver a torear en redondo el alicantino.
Álvaro Cuvillo le hacía indicaciones al presidente. La Maestranza ya era un clamor. Y el naranja asomó en el palco en un gesto que no se repetía desde el año 1965, cuando a Laborioso, novillo del Marqués de Albaserrada, se le perdonó la vida en este mismo albero maestrante.
Aunque el concierto de Manzanares siguió en el sexto, un astado de preciosas hechuras que embistió con clase desde los primeros compases de la faena de muleta. Trujillo le había dejado dos soberbios pares de banderillas.
Sevilla esperó cuatro años para la vuelta de Núñez del Cuvillo, y ahora le tocaba a Campanito repetir como lo hizo Arrojado. Clase, fijeza, galope, paradigma del toro bravo. Manzanares le dejaba la muleta muerta, el Cuvillo la tomaba con una clase excepcional. Esta vez había que matar, y Manzanares lo hizo como sabe: perfecto. Estocada hasta la gamuza que le ponían en bandeja otras dos orejas.