El final de la faena fue apoteósico. El toro cayó sin puntilla, fulminado por un estoconazo hasta la bola, y la Maestranza se pobló de pañuelos blancos en solicitud de las dos orejas para el torero dominador y artista que acababa de dictar toda una lección de toreo elaborado, de menos a más, de dominio y estética, de sapiencia y de sentimiento, de firmeza y naturalidad, de maestría y finura. No fue una faena inspirada de principio a fin porque el toro no embestía con largura. Manzanares le obligó a seguir la muleta, y lo fue embebiendo, poco a poco, casi hipnotizándolo, y consiguió imantarlo, al fin, a una franela poderosa que le marcó el camino de la obra grandiosa de un joven al que Dios le ha dado la gracia de crear ante un toro algo misterioso que llamamos arte. Será o no será, pero la piel se te pone de gallina cuando este Manzanares torea de verdad.

¿Y cómo lo hizo? No es fácil contar un sentimiento. Es preferible dejar volar la imaginación. A ver: iniciales doblones por bajo, templados y torerísimos. Toreo por la derecha, exigiéndole cada vez más a su oponente; de la firmeza de Manzanares surge una tanda hermosa. Pero el animal tiende a rajarse. La muleta, en la izquierda, y los naturales brotan lentos, pero henchidos de sabor. La escasa codicia del toro la suple la motivación del torero que se adueña de la situación y emociona con una labor de menos a más que acaba con un trincherazo enorme, un circular portentoso y otro trincherazo de cartel. Con la plaza enloquecida monta la espada, la hunde hasta la empuñadura y el animal se derrumba patas arriba. ¿Se ha entendido algo? Pues eso es, más o menos, el toreo tal como hoy lo entienden los mortales.

Hubo otro maestro en la plaza y se llamó El Juli. Éste carece de la calidad de su compañero, pero no se le puede negar su magisterio, su poderío y su ilusión por el triunfo. Lleva toda la vida toreando, pero parece un chaval que busca el triunfo con un descaro encomiable. Su faena al noble segundo fue toda una demostración de buen hacer, de técnica y de lucimiento. Faltó intensidad, tal vez, por la excesiva dulzura y el escaso aguante del toro, pero es una delicia ver a este torero en este momento. Se justificó ante el muy deslucido quinto, al igual que Manzanares se quitó de en medio al huidizo tercero.

También estuvo Rivera, que salió felizmente ileso de una tremenda voltereta que sufrió al entrar a matar a su primero. Pero se le ve envejecido profesionalmente, agobiado y sin ideas, sin gracia y sin sitio. Con lo buen torero que dijo ser en los primeros años de alternativa… ANTONIO LORCA – EL PAIS