“Maravilla, prodigio, belleza…”, bien podríamos recuperar este guion tan genialmente interpretado por el actor José Luis Gómez para empezar así la descripción de la tarde que protagonizó JM Manzanares en Alicante. 

 
Sublime con su primer toro. Echó rodillas a tierra para recibirlo con un par de largas cambiadas que hicieron las veces de la más explícita declaración de intenciones. Después se encajó y lanceó a la verónica con el empaque y la elegancia que sólo él posee. A la muleta llegó el enclasado sexto despertando las dudas de si duraría. Manzanares lo mimó, le dio tiempos y lo toreó a placer. Gustándose. El Manzanares de las grandes tardes.  De las tardes inalcanzables. Hubo un cambio de mano que duró una eternidad. Intentó matar en la suerte de recibir pero finalmente se vio obligado a entrar al volapié.  Oreja de mucho peso.
 
Las dos orejas que paseó de su segundo toro y la enorme petición de rabo se quedaban en nada si ponemos la atención en la forma tan pura, clásica y natural de José María Manzanares. Lo recibió con unas verónicas de hermosa ejecución. Lo llevó galleando al caballo. Sabor, siglo XX en manos del torero más contemporáneo. 
 
Enorme con la derecha. Su profundidad retumbaba en las gargantas de las gentes de Alicante. Un nuevo cambio de mano brotó como si nada. Pero lo fue todo. Los de pecho eternos… Y al natural bordó el toreo. Se encajó dejando una estampa de plasticidad absoluta. Volvió a ejecutar la suerte de recibir y dejó un espadazo que retumbó en la puerta grande, que se abrió de par en par.