Lo hicieron posible tres toreros del siglo XXI que apostaban por recuperar lo bueno y lo grande del XX para eliminarle la caspa, para transportarlo en brazo joven a nuevos climas y aires nuevos donde guarecerse del escarnio y la linde de la clandestinidad. Juli, Manzanares y Talavante eligieron Valladolid para esta vuelta porque olían que poco quedaba para que fuera enPerpiñán. Y allí se llevaron autobuses de jóvenes dispuestos a seguirles porque ven en ellos el amparo y el ejemplo que no les da la industria al uso. Que no llama. Que no hace prisioneros.

También lo hacía Manzanares, vuelto a la vida para la empresa de todos. Distraído y manso llegó a la muleta Encaminado, el segundo victoriano, con un soberbio par de banderillas que le soplóCurro Javier y más genio que bravura en las intenciones. Una serie de líneas rectas de gran empaque fue lo que aguantó el escaso fondo de un animal geniudo y de cara suelta en la livianía y de fácil claudicación al apretarle. Aún porfió un Manzanares fácil en las formas al que le faltó la frescura que quitan dos meses sin torear.
Pero no fue igual el castaño Frenoso, toro bajo y hondo que llevó su humillación sin ritmo al capote de Manzanares para que lo sobara sin molestar. Tenía carbón el victoriano para que costase reducirlo antes de aprovechar el empuje del animal para echarle el corazón a la muleta, el faro de la vida a la compostura del pecho y olvidarse del cuerpo con una embestida codiciosa y emotiva pero nada fácil. Por dentro el toro a diestras y un punto de mansedumbre que le hacía reponer cuando se lo enroscaba el Manzana en naturales eternos. Un giro de talones, nunca el paso perdido. Y la franela en el morro, siempre en el morro, siempre acomodada a la velocidad de un animal que terminó por rajarse cuando se sintió podido. Lo de menos fue el pinchazo recibiendo, y la estocada en el rincón, que dejó en simple el doble trofeo. Lo importante fue, es y será el toreo, que encontró foco en el faro de la esperanza.