Hace tiempo que dejó de ser un secreto la dimensión descomunal que tiene como torero José María Manzanares. Con honra y dignidad ha llevado ya el matador alicantino el nombre y el apellido paterno por las plazas del orbe taurino dotándole de nuevos significados, de nuevos sentimientos.

Pero a Manzanares no le bastaba con mecer la embestida del toro en el suave vuelo de su capote, con enroscarse más y más el percal en cada chicuelina, con tener por batuta de mando su muleta siempre baja y poderosa, con dar  a través de su estoque la muerte certera y bella que merece un toro bravo, con haber hecho historia bendiciendo el hierro de Núñez del Cuvillo mediante aquel indulto en la Maestranza. No, a Manzanares no le bastaba.
Decidió el torero que desde su posición de héroe, con esa doble naturaleza humana y divina que tienen los grandes toreros, debía dar ejemplo dignificando, además de con su toreo, con su actitud, una profesión que en multitud de ocasiones se ve injustamente maltratada por la opinión pública.
Y comenzó regalando sus capotes y muletas para dibujar sonrisas en las caras de los alumnos de algunas escuelas de tauromaquia y alimentar sus almas de sueños de gloria y triunfos. Y se le removió el corazón, a modo de huracán, con el terremoto sufrido por el pueblo de Lorca y decidió organizar aquel festival que nunca olvidaremos. Aquella tarde mágica en la que el toreo volvió a ser lo más maravilloso del mundo. Ahora, anuncia el diestro que donará sus honorarios de Logroño a ASPRODEMA, una entidad riojana que ayuda a discapacitados intelectuales y a sus familias. Y es que ante las desgracias,  Manzanares se recrea por “solidarias”.
Muchas gracias a Juan Carlos por este precioso artículo
Foto Joserra Lozano de archivo