El atractivo de José María Manzanares es insultante. Dentro y fuera de los ruedos. Es el Marlon Brando del toreo. Conquista a los aficionados e irradia glamour y modernidad en un mundo ancestral que atraviesa su momento más incierto. “Pero yo no soy modelo”, responde cada vez que le tienta una firma de lujo. “Me gano la vida toreando”.

Tiene que gustarle mucho una marca exclusiva para que le brinde su imagen. El pasado 17 de enero compartió alfombra roja junto a Figo y Zidane durante la presentación de novedades de la casa IWC, de la que es embajador, en el Salón Internacional de Alta Relojería de Ginebra. Ha posado para fotógrafos de postín como Peter Lindbergh y Bruce Weber. Sus colegas de oficio decidieron el año pasado que “representa la imagen del toreo del siglo XXI” al elegirle presidente de la Unión de Toreros. Ahora está a la cabeza de la controvertida cruzada de los matadores por defender sus derechos televisivos de imagen frente a los empresarios.
Este nuevo conflicto que arrecia sobre la tauromaquia tiene sus orígenes en el verano de 2010. La prohibición taurina aprobada entonces en el Parlamento catalán propició un contraataque de las figuras de la lidia. Algunos de sus más destacados exponentes se agruparon en el llamado G-10 de los ruedos. Una alianza pactada entre El Juli, Enrique Ponce, Morante de la Puebla, Cayetano Rivera, José María Manzanares, El Fandi, Alejandro Talavante, El Cid, Miguel Ángel Perera y César Jiménez. Entre otras acciones, han promovido el traspaso de competencias taurinas del Ministerio del Interior al de Cultura, finalmente concedido por el Gobierno de Zapatero, y la creación de la Unión de Toreros para defender sus intereses. El belén se armó cuando esta Unión de Toreros presidida por Manzanares hizo público el reciente acuerdo alcanzado entre All Sports Media y las figuras del G-10 para gestionar sus derechos audiovisuales.
Los derechos televisivos de los más destacados del escalafón, salvo José Tomás, han condicionado las tensas negociaciones de la próxima Feria de Fallas de Valencia. El empresario de la plaza, Simón Casas, puso el grito en el cielo porque el montante que ha de pagar a All Sports Media en concepto de esos derechos, 279.000 euros, irá destinado en bloque a los componentes del G-10 con independencia de que la mitad de ellos no están finalmente anunciados en los carteles. Las figuras del G-10 aseguraron el pasado lunes mediante un comunicado que pelean por beneficiar a todo el escalafón y que si negocian su imagen en bloque es para hacer frente a “presiones empresariales”. En definitiva, aspiran a que los toreros se repartan “el 50% de los ingresos de la televisión” que reciben los empresarios taurinos. La contienda se traslada ahora a las ferias de Sevilla y Madrid.
Manzanares está en el ojo del huracán de esta polémica. Le obsesiona “modernizar la tauromaquia”. También en lo referente a la imagen y la gestión. Dicha obsesión ha crecido en paralelo a su éxito en la arena. El 30 de abril del año pasado logró en la Maestranza de Sevilla el histórico indulto de Arrojado, un toro de la ganadería de Núñez del Cuvillo, tras bordar con él una faena memorable. No en vano es nieto de banderillero e hijo de una de las últimas leyendas de los ruedos, José María Dols Abellán, Manzanares padre. Nació torero, pero tardó en darse cuenta. Se matriculó en Veterinaria y le dio muchas vueltas hasta cambiar esa carrera por la de matador.
Desde que tomó la alternativa en 2003, ha impuesto de manera cadenciosa su toreo templado y enemigo de estadísticas. “Si pones a un pintor a rellenar cuadros desde que se levanta hasta que se acuesta, acabará diciendo: ‘¡Que pinte su puta madre!”, explicaba a este periodista el año pasado. “Eso es lo malo: muchas veces llega la inspiración, pero estás en casa, y otras veces no tienes ganas de torear, pero has de hacerlo”.
Su mano izquierda le ha tenido en vilo últimamente por un percance con la espada. Lleva ya once operaciones y múltiples injertos. A sobrellevarlos le ayuda su cuerpo técnico, formado por: fisioterapeuta, entrenador personal, nutricionista y psicólogo. Las huestes se completan con la cuadrilla y un gabinete que desde 2009 gesta “un proyecto de branding total” con él. “Queríamos convertirle en un personaje más internacional”, explica José Ramón Lozano, director de comunicación de Manzanares. A pesar del caramelo que supone, Lozano también ha conseguido mantenerle alejado de la prensa rosa.
Tampoco este alicantino de 30 años ha dado razones a la prensa rosa para airear sus intimidades. Recientemente ha sido padre de su primer hijo junto a Rocío Escalona, su esposa y novia de toda la vida. Entre sus vicios confesos, el tabaco, las redes sociales y la música de Alejandro Sanz. Y poco más. Quiere pasar a la historia de la lidia y mantenerse como un torero de largo recorrido. A tal fin ha puesto en marcha una maquinaria del siglo XXI para lidiar con un universo que mira de forma desigual hacia el futuro. Está por ver si pone a todos de acuerdo o si su estrategia no es más que el órdago de un visionario.
Por Quino Petit para El Pais, edición impresa (http://bit.ly/wY3KKm)
Foto: Isabel Muñoz