EL MUNDO.- Cuando salió el sobrero de 683 kilos se oyó en Vista Alegre una admiración atávica. El récord lo ostenta un toro de Samuel que despachó Dávila Miura con 700 y pico. Poco le faltó. Para José María Manzanares será nueva marca en su carrera. Se cruzó la mole cinqueña en el capote y derribó dos veces con estruendo a caballo y picador, la primera por la grupa. El gigantismo del toro de El Pilar casi lo empataba con el jaco. Apretó hacia los adentros en banderillas. Curro Javier soberbio, cómo no. Manzanares se dejó mecer con la mano derecha en tres tandas de relajo. Tempo y temple. Era impresionante ver como, acabado el muletazo, el tren no había acabado de pasar.

Entonces el torazo planeó con su alegría. Un par de cambios de mano superiores. Un amago de derribo al torero con los cuartos traseros. Por la izquierda no quiso nada. Se paró a plomo. Y ya lo que duró fue porque Manzanares lo empujaba hacia adelante. Es verbo al uso. En los medios los cuadró para citarlo en la suerte de recibir. Media estocada de lento efecto. Esa caja se lo tragaba todo. Un descabello y un inoportuno aviso del presidente Matías a la par.
Burladero. Javi Hernández
Manzanares tampoco cuajó a izquierdas. Le enviaron a galeras con pañuelo verde uno enclasado e inválido. Salió el de la carretera pintado en rojo. Casi 700 kilos de un toro con cuerpo de buey, con alma y cuello para ser de bandera. Cogió caballos el toraco hasta lanzarlos al aire en dos varas de empuje y recarga y se fue en busca del corazón de Curro Javier, que selló dos pares a tumba abierta.
Allí Manzanares, en los medios, tan buen mozo y parecía un retaco. Se produjo el milagro, el de la carretera cobró vida y clase para embestir largo y templado a una diestra de compás y ralentí. Tres tandas ligadas, sentidas, traídas y llevadas, porque al toro que embiste sí se le puede torear, no como aquel díscolo móvil que solo era para despachar y despachar. El milagro, eso sí, quedó al cincuenta por ciento pues, como el de la carretera, solo tuvo un lado bueno, el lleno de hierros, el otro sin viaje y a la espera. Esa espada certera de otros días apuntó en los medios a recibir para clavar más media a tanta mole. Un descabello y la espera se llevaron la oreja.
Al otro, mucho más ligero en sus 619 kilos, también le enjaretó sus series, incluso una con la izquierda, pero además de irse el toro a menos, el acero se fundió en hojalata.
la Razón. Patricia Navarro
Manzanares hizo estallar la plaza en ese tercero, sobrero, que se rebosaba de sí mismo. Y con sus casi 700 kilos se empleó, se desplazó aunque no durara mucho pero con un fondo extraordinario. Y ahí Manzanares dejó la mejor tanda de la tarde. Pitón derecho, empaque, torería y un toreo a cámara lenta y de exquisito temple. El remate con un cambio de mano revolucionó. Lo había ido metiendo poco a poco en la muleta justo después de que Curro Javier anduviera monumental con los palos. Se apagó e intentó revivir Manzanares con una estocada recibiendo, aunque tuvo menos eco que en otras tardes. Toro noble y con buen fondo fue el sexto. La faena de Manzanares en este caso fue de menos a más. Faena pausada, templada, vestida con el empaque y la torería que le son inherentes.
ÍÑIGO CRESPO
José María Manzanares tuvo dos toros de distinto carácter. Por dentro y por fuera. Un gallardo animal, de imponente proporciones, se encontró el alicantino en primer lugar, tras devolverle el titular por descoordinado. O mal andado. O por blando. Perdió las manos y asomó el pañuelo verde. El grandón resultó ser un toro dócil casi, por la mano derecha. Manzanares le manejó con su natural empaque, hasta que se agotó. Faena por obligación a menos. El sexto fue el otro toro de la corrida. Bueno, con movilidad. Manzanaresapostó por una faena donde respiró su naturalidad y la expresión de su personalidad. Una primera parte de faena bella y elegante, con tandas en redondo de templado acento. Series cortas, para que no se viniese abajo la cuestión. Por la izquierda, fluyó el toreo de uno en uno. De buen trazo, de citar más con los vuelos. Valoró la plaza la faena, que jaleó y animó al alicantino. La parte final tuvo el asiento de quien se siente a gusto. Faltaba la guinda para cortar la oreja. Quiso asegurar Manzanares y cerró al toro entre las rayas, cuando al primero le había  estoqueado en los medios en la suerte de recibir. Pinchó una vez antes de agarrar media estocada que necesitó un descabello. No hubo premio tangible.