Manzanares lidió con torería al segundo de la tarde, que tardó en estar pendiente del torero. Pasó desapercibido el peligro que llevaba dentro durante los primeros compases de la faena, hasta que manifestó su violenta condición metiéndose siempre por dentro por ambos pitones. Manzanares, con esa elegancia innata, fue ejerciendo autoridad ante el desclasado cuvillo, que no regalaba una embestida sin echar la cara arriba. Encajado y haciendo un esfuerzo ante las embestidas inciertas y descompuestas del animal, ligó una buena serie de naturales. Fue ovacionado ante un peligroso toro de Núñez del Cuvillo.

Acoplándose a la perfección desde el primer momento, Manzanares se ciñó con el toro por verónicas y una media llena de clase. El inicio de la faena de muleta fue una sucesión de muletazos en redondo que culminaron con un precioso cambio de mano seguido de un largo pase de pecho. Nada que ver con su hermano, este 106 de la ganadería gaditana tuvo clase y nobleza, algo que Manzanares aprovechó y fue haciendo aún mejor. Andando por la cara del toro, con clase y temple, JMM fue dándole los tiempos y espacio justos que el toro requería. Esa fue la clave para que toro y faena fueran a más. La ligazón de los muletazos fue enloqueciendo a los tendidos de Illumbe, que se ponían en pie tras los profundos pases de pecho. Los vuelos de la muleta llegaban a la cara del cuvillo con suavidad y así fue como JMM ligó una tanda de naturales llena de cadencia y belleza. Tan solo quedaba un final de faena apasionado y un estoconazo en la suerte de recibir para que la afición llenara de pañuelos blancos los tendidos y concederle así dos orejas y la puerta grande.