José María Manzanares sacó a relucir su toreo poderoso, su técnica y su raza ante un lote de nulas opciones en el 60 aniversario de la inauguración de la Plaza de Toros de Cali. El diestro español ejerció de padrino de alternativa del joven colombiano Guillermo Valencia.

Manzanares toreó con sobrada técnica al segundo bis de la tarde, un animal de Las Ventas del Espíritu Santo que fue manso, sin raza, soltaba la cara y siempre echó un ojo al torero. Hasta se lo quiso echar a los lomos en más de una ocasión. El diestro se mantuvo firme, consiguió armar faena con interesante trazo y más verticalidad y asentamiento de lo que permitía el animal. Los largos pases de pecho fueron la mejor muestra de que toda la salsa la aportó el torero de Alicante. Dejó una estada entera, ejecutando la suerte de forma estrictamente ortodoxa, para después recibir el reconocimiento del público de Cañaveralejo.

El cuarto fue otro prenda, con muy diferentes hechuras. Se movió más que el anterior pero le faltó la clase y la condición para que Manzanares lo toreara con la calidad que acostumbra. Lo lidió sin embargo con inteligencia, calidad y ritmo con la capa, dejando un par de lances y una revolera de remate que engancharon a los tendidos. Con la mano derecha, una vez más, estuvo muy por encima de un toro ancho de sienes que tampoco paró de mirarle. Lo condujo cosido, tapado, intentado evitar cada una de las coladas del animal. Lo hizo en varias ocasiones, hasta que la firmeza del torero hizo que le propiciara una fea paliza. Pasó a la enfermería después de acabar con solvencia con un toro complicado que tampoco permitió el triunfo.