“La faena de la tarde fue la de Manzanares al quinto, que respondió con clase al temple del alicantino.”

“Manzanares: punto y aparte Suavidad al límite, naturales de trazo infinito, parsimonia sin fisuras y dueño del temple. La belleza de lo que hacía era brutal.”
 “A cámara lenta. Con los tiempos clave entre tandas.Por su camino. Ni un tirón. Soberbio al natural y soberano sobre la mano derecha. Un cambio de mano inmenso. La gente loca.”
EL MUNDO.- Zabala de la Serna
A JoséMaría Manzanares lo ingresaron en la enfermería con un sequito de médicos y acompañantes a la muerte de su primer toro. La fiebre hacía estragos en su cabeza. El amplio historial médico de Manzanares recordaba el dengue que importó de América. Pero lejos de ser síntoma de enfermedad alguna, virus o bacterias, lo que le debió de atacar ayer fue la fiebre del temple. Una fiebre que conlleva el abandono del cuerpo, el desmadejamiento de los brazos, la dormidera de las muñecas, la cadencia de las telas. Cuando regresó para torear al quinto, JoséMaría Manzanares anastesió el toreo. La clase de Destilado despertó la clase de torero que esManzanares. Destilado, acapachado, bajo y soñado, colocaba la cara tan abajo que en el capote se pegó un volatín que le crujió la riñonada. Un dolor de riñones que el bálsamo de la muleta alicantina alivió con caricias. Toro y torero se cuidaron los dolores. Es muy difícil embestir tan despacio y torear con tan suma cadencia, a cámara lenta. Cualquier mal cuidado no lo hubiese aguantado una embestida deliciosa para el paladar. Y, sobre la base de los algodones se remontó Destilado, toreado por su camino, por la dejadez de un empaque natural que se mecía. Los naturales desprendieron una despaciosidad cansina, vaga, perezosa, de interminable belleza. Daba igual que fuese por una u otra mano. La conjunción, la armonía, el don de la ayuda última de ahí te suelto y aquí te traigo porque destilamos, Destilado, aroma de atardeceres. Los tendidos acompañaron con su voz rota los muletazos que duraban el tiempo que tarda en grabarse un recuerdo a fuego lento en la retina. Como una película febril pasaba ante nuestros ojos el enfermo Manzanares, caído todo su peso en una plomada de densa gravedad. Los pases de pecho aún perduran en el ruedo pucelano, un cambio de mano que paró el cronómetro del viejo reloj, los paseos entre series para darle aire al toro. En los mismos medios, se perfiló otra vez para intentar la suerte de recibir. La estocada sucedió como en dos tiempos: el acero encontró hueso, el matador no desistió en su empuje y las canales encontraron finalmente un camino feo pero eficaz. Feo por atravesado y perpendicular. No importaba para tanta grandeza. La faena de la feria había surgido de la fiebre, como una ensoñación, un divino brote vírico preñado de toreo. Antes de ingresarse José María Manzanares aquejado de su febrícula, había intentado hacerlo con un toro panzudo, muy rematado, el que más de la muy desigual corrida de Victoriano del Río, que careció de ritmo y que en cada tercer muletazo se vencía como lastrado por su volumen.
EL NORTE DE CASTILLA.- Paco Aguado
José María Manzanares toreó ayer enfermo en Valladolid. Según los médicos de la plaza, sufría un proceso gripal que le tenía casi deshidratado por el sudor, febril y con once de tensión máxima. Acusó esa debilidad durante la lidia de su primero, al que trasteó compuesto pero sin intensidad, afligidos toro y torero en una faena que, pese a que el presidente acababa de tirar la casa por la ventana regalando ya a El Juli una segunda oreja sin peso, iba a ser la única de la generosa tarde que se quedara sin premio.
Así que, cumplido su primer turno, Manzanares pasó a la enfermería, donde le inyectaron suero fisológico para que volviera al ruedo a matar a su segundo en mejores condiciones. Aunque, febril e hipotenso, tampoco estaba para grandes esfuerzos.
Pero, como dijo Juan Belmonte, el toreo es un ‘ejercicio de orden espiritual’ que no requiere de una gran fuerza física. Es más, el buen toreo, el más hondo y trascedente, se ejecuta con la misma suavidad y lentitud con que se mueve un maestro de tai-chi.
Así de lento toreaba Curro Puya, el genial gitano de los años veinte a quien Gregorio Corrochano le preguntó en una de sus crónicas si se le paraba el corazón al torear, asombrado el crítico de la perezosa cadencia con que mecía a los toros en el capote.
Ayer a Manzanares no se le paró el corazón, pero seguro que la baja tensión que le tomaron los médicos algo tuvo que ver en su deslumbrante forma de torear a cámara lenta al quinto de la tarde, en el dormido pulso con que se recreó en la magia del temple.
Tuvo calidad en su forma de tomar los engaños el terciado toro de Victoriano del Río, que, descolgando el hocio hasta la arena, se entregaba a un ritmo pausado, al que le obligaban sus medidas fuerzas. Manzanares lo mimó de inicio, en dos series balsámicas que asentaron al toro y marcaron el compás del trasteo. Y de ahí en adelante, los dos se acoplaron en una danza perezosa, en series de tres muletazos y el remate que duraban, con la derecha o con la izquierda, en tiempo y espacio, lo que seis de otros toreros.
También eran largas las pausas entre tanda y tanda, que valían a la pareja de baile para tomar aire, para crear paréntesis escénicos que Manzanares llenaba caminando con prestancia, con cortos pasos de pasillo de hospital hasta llegar de nuevo a la cara del toro. Allí donde el entregado animal esperaba fijo una nueva cita con ese toreo febrilmente pausado que provocó un delirio de admiración en los tendidos.
Cuando, de darlo todo, ni uno ni otro pudieron más, Manzanares sacó al toro a los medios, donde mueren los bravos, para ofrecerle una muerte digna. Citó a recibir el de Alicante, como en casi todas las tardes de esta temporada, pero la espada no entró de primeras, sino que pareció atrancarse en un pinchazo que, sin irse de la cara y barrenando, él mismo convirtió en una estocada atravesada que resultó definitiva. Hubiera sido injusto que el presidente tomara en cuenta la desviada trayectoria del acero para negar la segunda oreja a Manzanares, a tenor de la ligereza con que esta feria están asomando por el palco los pañuelos blancos.
Fue la de Manzanares a ‘Destilado’ la mejor faena de una tarde que también se hinchó en la estadística de trofeos con muy barata holgura.
ABC.- Andrés Amorós
¡Gran tarde de toros! Los tres diestros salen en hombros y la gente, feliz, dándose abrazos, por haberlo visto. Los toros de Victoriano del Río han sido demasiado flojos; alguna oreja, demasiado benévola. Pero El Juli y Manzanares —como diría algún amigo sevillano, subrayándolo con el gesto y la entonación— han estado cumbres, cada uno en su estilo. Talavante se esfuerza por no quedarse atrás.
La emoción que produce el toreo puede dirigirse básicamente a la inteligencia, que se complace al ver el mando, la claridad de ideas, la técnica; también puede centrarse en la estética, en la pura belleza plástica. Como advertía Corrochano, esto último es más fácil de apreciar: basta con tener un poco de sensibilidad. Lo primero requiere conocer al toro (lo más difícil, en este arte).
El segundo humilla mucho pero se rompe en varas, flojea demasiado en la muleta. Manzanares demuestra que atesora clase: algo que se tiene o no se tiene, sin solución. Cuando acompaña el muletazo con el cuerpo, suscita un clamor. Algunos naturales son preciosos pero el toro se para, la faena es discontinua. Se empeña en recibir a un toro muy parado; lo consigue a la segunda, una extraordinaria estocada. No le dan la oreja. Pasa a la enfermería, indispuesto.
Vuelve para matar al quinto, flojísimo, claudicante. Dibuja derechazos bellísimos, naturales de categoría, pases de pecho interminables. Dentro del toro que es y de su concepto del toreo, no cabe torear mejor: suavidad, temple, armonía. La estocada, recibiendo, queda imperfecta; si no, le hubieran pedido el rabo.
El Juli y Manzanares son dos grandes toreros. Forman una buena pareja, se complementan. El Juli manda en el toro y, por eso, manda en la Fiesta. Manzanares seduce con la suavidad de su estética. Representan, hoy, dos grandes líneas de la Tauromaquia clásica.
LA RAZÓN .- Patricia Navarro
La fuerza de un huracán tenían las dos orejas de Manzanares. Esta vez sí. En el quinto. Un «victorianodelrío», herrado con el número 6 y acapachado de cornamenta, descolgó el cuello y se puso a embestir como si no hubiera tiempo. Despacio, noble, para paladares exquisitos. Y se encontró con unas manos de puro caviar. Ni soñándolo se puede torear más despacio. Manzanares nos hizo crujir a ritmo de balada. Suavidad al límite, naturales de trazo infinito, parsimonia sin fisuras y dueño del temple. La belleza de lo que hacía era brutal. Como inmenso fue un cambio de mano que iba sin remedio a morir en el infinito. Dos muletazos en uno. Gloria bendita torero. Pero no se alimentó la faena de remates. Sumaban, pero antes había acariciado las embestidas para convertirlas en sublime toreo. Y sobre todo al natural, la mano lesionada por la que ha pasado diez veces por el quirófano y le espera una más al final de temporada. Pues por ahí mostró el misterio. Lentísimo. Ajustado. Limpio. Puro. Bello. Intenso. Un fogonazo. Deliciosa faena que buscó la muerte, otra vez,  en la suerte de recibir y en dos tiempos dejó la espada perpendicular. Fueron las dos orejas más rotundas de lo que va de feria. Menos eco tuvo la faena del segundo, que se dejó sin rematar.
Hubo momentos en los que la tarde se puso en cuesta. Y tanto. En una hora y tres cuartos se habían lidiado tres toros y había saltado un sobrero que tuvo que volver a corrales descordado en el caballo. Otra eternidad se nos fue ahí. Según salíamos de la plaza, se cumplían las tres horas de espectáculo y los tres toreros a hombros.
 En el sexto, después del hartazgo Manzanares, era difícil salir e interesar […] A la corrida de Victoriano del Río, más terciada que los días anteriores de presentación, le salió cara con el esplendor de Manzanares, que pasó a la enfermería entre toro y toro por no encontrarse bien, y los arrestos de Juli y Talavante. En la eternidad del festejo hubo toreo, del bueno. Por una faena así, más de uno peregrinamos al ¿infierno?.
Mónica Alaejos.- Mundotoro
En un mensaje de 120 palabras sería imposible condensar la labor deManzanares esta tarde en Pucela, lo que sí podría hacer es revisar todo el diccionario de la Real Academia de la Lengua y buscar los sinónimos de perfecto, así entenderían como es imposible torear mejor. Fue en el quinto de la tarde y después de salir de la enfermería donde debieron inyectarle dormidina de rápido efecto para torear tan despacio. No se qué pócima mágica le dio Pepe Rabadán que le subió la tensión de 9 a 14 en cuestión de segundos. Toda la corrida había carecido a estas alturas de  de fuerza y el público se decepcionó cuando el toro tras un buen puyazo de Chocolateclavó los pitones en la arena volteándose feo. Distancia, tiempos, dosificación y llegó la magia. Manzanares toreó suavísimo al natural, hondo, profundo, largo, encajado, estético, rotundo, rebozado con el toro y sintiéndolo. Lo dicho, perfecto. Terminó convenciendo al toro de que por el derecho también podía y hubo un cambio de mano que todavía dura. La estocada en dos tiempos recibiendo en los medios fue el culmen de la apoteosis de un torero que dicen, hoy, estaba malito, menos mal… Con su primero sólo pudo estirarse en un lance a la verónica porque el toro no se salía de los vuelos del percal, después metió bien la cara en el capote deCurro Javier. Hubo un silencio casi de Sevilla en Valladolid al inicio de la faena de muleta ya que pronto se vio que el de Victoriano del Río hacía el avión por el pitón derecho. Lástima de la poca fuerza ya que el animal llegaba casi sin brío al pase de pecho en los remates de las tandas, cortas y a media altura. Por el pitón izquierdo llegaron de uno en uno al ralentí.
José Antonio del Moral
La primera fue en El Puerto con Morante y Manzanares mano a mano. La de ayer fue la segunda. Otra para la historia del toreo en su más amplia acepción y variedad. Colosal, magistral, enorme tarde de El Juli. Cortó dos orejas del primer toro de Victoriano del Río tras descubrir sabiamente lo que llevaba dentro, y otra de un marrajo sobrero de Zalduendo. Faena para las antologías de José María Manzanares al muy noble quinto del que cortó dobles apéndices con petición de rabo. Y una oreja de cada uno de sus toros para Alejandro Talavante, superior con el sexto que fue, con el de Manzanares, otro de los mejores del envío. Los tres toreros salieron en hombros.
Un poco distraído salió el segundo toro que fue bravo en el caballo. Sin embargo, no se definieron sus intenciones hasta después de ser banderilleado, como siempre muy bien por Trujillo, y magníficamente lidiado por Curro Javier quien parece llevar en sus manos una muleta en vez de un capote. Esta cuadrilla es la más y mejor descubridora y acomodadora de embestidas en las últimas décadas. Tan seguro de ello está Manzanares, que ayer empezó su faena con redondo eterno. Y tras unos pequeños desajustes, con tres y el de pecho, imperiales. Lo tardo del toro y la calma de José Mari, balizaron la obra en trazos cual chicotás nazarenas. Pero venido abajo el animal, los naturales y los redondos que siguieron no pudieron tener parecida continuidad. Quiso, insistió en recibir para matar y lo consiguió al segundo envite en el platillo de la plaza. Algún día habrá que escribir un libro sobre la suerte de recibir versus Manzanares para… Tras saludar el torero la ovación que le dieron, me enteré que ayer salió a torear con fiebre muy alta. Pasó por ello a la enfermería de donde salió antes de que soltaran al cuarto toro.
Frente al corto y acucharado quinto, tras un buen puyazo de Chocolate, el volteretón que se pegó el todo al salir de un capotazo de Manzanares y los estupendos pares de Curro Javier y Luís Blázquez, al toro le quedó la suficiente aunque frágil movilidad para que el alicantino hiciera una delicada faena a media altura logrando que el animal se meciera al mismo y lento compás que le impuso el inaudito temple del joven gran torero. Un concierto de los suyos. Una obra de maravillosa sublimación con pases en redondo, naturales, de pecho y un cambio de mano excepcionales por su elegantísima lentitud. De ole, ole, ole y ole… Y otra estocada recibiendo en los medios, recetada con mucho aguante en dos tiempos quedando ladeada aunque efectiva. Locura en los tendidos y dos orejas con petición de rabo. Sin duda la mejor faena de la feria. Se premiará.
Aplausos.es
Increíblemente bella por torera y bien resuelta la faena de Manzanares al quinto, un toro que de salida aparentó tener poca fuerza pero que entendió el alicantino a la perfección y acabó embistiendo con enorme clase. José Mari hizo pasar un rato sensacional a los aficionados en series diestras y zurdas aderezadas de molinetes, ayudados y pases de pecho sencillamente preciosos. Pinchó en la suerte de recibir y, de esa misma guisa, citó al toro de nuevo dejando una estocada hasta la bola. El público, puesto en pie, gritó al de Alicante ¡torero, torero!