La vida, a veces, da la cara o el envés por un detalle. Víctor Prieto Antón, zamorano, 10 años, está bobinando ahora una experiencia que se la va a quedar pegada para siempre. Acaba de ganar el concurso internacional, convocado por el torero José María Manzanares (hijo), para niños de 14 años de España y México. Presentó un dibujo y se llevó el premio, un equipo -casi- completo de los trastos de torear: capote, muleta, estaquillador, espada de madera y talega de maletilla. Se presentó al concurso, claro, porque quiere ser torero. ¿El culpable de su afición? Su abuelo, que siempre vivió sueños taurinos. Víctor Prieto Antón ya sabe, no obstante, que el mundo de los toros es una lotería que cada vez tiene menos bombos. Por eso, lo primero es lo primero: a estudiar en el José Galera.

CELEDONIO PÉREZ La niñez es una piedra pómez con un disco duro inabarcable. Allí se acumula un saco de experiencias, de lo que se vive y de lo que se quiere vivir. Es una etapa que siempre está palpitando y, por eso, emerge otra vez cuando el calendario se acorta en la vejez. En el costal de Víctor Prieto Antón, arriba, siempre en la boca, estará visible lo que le acaba de suceder. Seguramente quedará solo como una anécdota que contará a sus amigos y familiares siempre. O no, o quizás llegué a ser más importante.
Víctor lleva la sonrisa en los ojos y en la vista la picardía de la inteligencia. Acaba de ganar el premio internacional convocado por José María Manzanares, torero que vive en lo más alto de la colina del éxito; triunfador en Sevilla, Madrid…, en las principales plazas de España y empeñado en que los jóvenes miren sin velos al fondo de las plazas de toros.
El niño zamorano luce un capote con el sello del maestro, una muleta adecuada a su compostura, un estoque de madera y hasta una camiseta con una imagen taurina. ¿Qué hizo para ganar el galardón al que han concurrido escolares de México y España? Pues pintar un dibujo en el que se ve a Manzanares saliendo por la Puerta del Príncipe de Sevilla y con el toro al fondo, una lámina al uso pero diseñada con pinturas de ingenuidad.
La participación en el certamen de Víctor Prieto Antón no fue por casualidad. Es aficionado a los toros desde que nació, apunta entre sonrisas y mira, cómplice, a su abuelo, más satisfecho que nunca, y a su prima Estefanía Prieto, más cómplice aún, torera también de corazón, compañera de sueños y quien se enteró primero del concurso, que también ha tenido un fleco en Facebook.
«Me gusta mucho como torea José María Manzanares y también El Juli y Hermoso de Mendoza», explica Víctor, siempre risueño. Su abuelo, Joaquín Prieto (panadería «Las Caravelas»), asiente y lo mismo hace Francisco Pérez, del Foro Taurino de Zamora, muñidor del encuentro, que explica que la familia entera bebe los vientos por el toreo a caballo y por los encierros. ¿Y José Tomás…?, pregunta el periodista. Silencio. Claro, nunca lo ha visto torear: por lo poco que se prodiga y por su «lío» con las televisiones.
Víctor estudia quinto de Primaria en el colegio «José Galera». Sus profesores saben de su afición pero lo que quieren ahora es que se forme, que estudie y lo del toreo, ya veremos. El tiempo va abriendo caminos en la selva de la niñez y ya se verá donde desembocan.
El abuelo, Joaquín Prieto, quiere que su nieto vaya a la escuela taurina de Salamanca, «pero todo se andará, en esto, como en otras muchas cosas, es mejor no tener prisa». ¿Y la panadería?, vuelve a inquirir el que esto suscribe. «Bueno, bueno, él que se forme…, el oficio de panadero es muy sacrificado…». Y duro.
Mientras el devenir se abre a la claridad, Víctor sueña faenas de campanillas: «Me he visto ahí, con Manzanares y con El Juli en la plaza…». Todavía no ve al toro como un animal que puede hacer daño. No es momento para la angustia.
Torea de salón con su prima. Tiene gusto, planta y sabe mover con gracia el capote. Durante unos meses se lució ante un cordero-becerro, que embestía como un «garcigrande». «Lo citábamos y venía, no se cansaba de embestir, así estuvimos muchas semanas, hasta que se hizo grande…». Y la familia, claro, tuvo que tomar una decisión.
Como la parafernalia y la liturgia encuentran en el toreo el campo más abonado, Víctor y su prima Estefanía, además de imaginar faenas de colorines y Cossío, también quieren vivir el otro ambiente, el que rodea a los maestros de la tauromaquia y por eso un día montaron en el garaje una capilla con estampas de santos y todo. «Se nos ocurrió y venga, lo hicimos en un momento». Y es que cuando lo que está en juego es lo más íntimo, hasta lo cotidiano es trascendente.
El toreo para Víctor, claro, es un juego. Y ha dado pases de muleta al cordero y a una bicicleta con cuernos que tenía cierto parecido con «Islero» y a la que engordaron con un saco. En los recreos, en el «José Galera» a veces hace pinitos a la verónica con un compañero y se imagina lidiando en la plaza de Zamora o en Las Ventas, donde ya ha presenciado un festejo sin perder detalle. Ahora, lo próximo, dice, tiene que ser una vaquilla.
Joaquín Prieto, el abuelo, vuelve a contar lo que le ha repetido muchas veces a Víctor: su afición, su toreo por esos pueblos de Dios; una faena en Coreses que tuvo mucho de heroica al reducir él solo a un novillo que se había escapado de la plaza y estaba suelto con peligro para los transeúntes. «Lo cogí primero por un cuerno y el rabo, pero me zarandeó, me tiró por alto; al final me ayudaron y pudimos con él; fue muy peligroso». La escena la ratifica con pelos y señales Francisco Pérez, que estaba allí como voluntario de Cruz Roja y que da el nombre artístico al futuro torero: «El Niño de la Harina». Eso, acaso, será después, ahora hay que estudiar. Y formarse en valores humanos. Eso es lo principal.