REDACCIÓN,-

José María Manzanares arranca la temporada española con un triunfo absoluto. Dos orejas y salida en hombros de la plaza de Vistalegre, la hermana pequeña de Las Ventas y a la cual han acudido multitud de aficionados expectantes de ver a un Manzanares que no defraudó y que sigue la racha del final de temporada y de la exitosa campaña americana.

Si hubiera que resumir lo acontecido en el ruedo por parte de Manzanares sería torería, empaque, duende y un toreo artista que brota a cada embestida del toro. Manzanares parece flotar y parece que su espíritu quiere salirse del pecho cuando se eleva al pasar el toro. Es distinto. No se parece a nadie. Se busca y se encuentra así mismo. No hay ensayo sino magia e improvisación. La forma de acompañar las embestidas y de alargarlas para ligar con otro, y otro y otro, y los remates llenos de duende del más puro sentimiento. Trincheras, trincherillas, desdenes, cambios de mano…

Si hubiera que resumir lo acontecido… no se podría hacer con palabras. Hay que verlo y sobre todo sentirlo. Será un año especial lleno de alegrías, y estas dos orejas sirven de aviso.

 

Crónicas:

MANZANARES Y “SALTALINDES”, LA TORMENTA PERFECTA. Vicente Zabala para El Mundo

José María Manzanares llamó a las puertas de Madrid con la aldaba del toreo. Manzanares, fuera de San Isidro al comienzo de la tarde, golpeó la madera con rotundidad: «¡Hola! ¿Hay alguien en casa?» Don José Antonio Martínez Uranga seguro que oyó desde su San Sebastián natal su toque de elegante empaque. Y el clamor de la plaza de Vistalegre, que en su mayor parte es una extensión del abonado de Las Ventas.

La historia fue profunda y bella. La de Jose María Manzanares y Saltalindes, un toro por dentro y por fuera así debió venir toda la corrida, un toro de extraordinaria bravura y una profundidad acongojante. Una faena como la de Manzanares no se cuajaba en Vistalegre desde que El Juli, ayer ciencia, paciencia y espada, reventó a Desván en la despedida de Curro Vázquez en 2002.

Si Manzanares besó en la boca a la suerte con Saltalindes, no es menos cierto que Saltalindes no sólo se encontró con un torero de la clase Manzanares, sino además con la mejor cuadrilla que camina ahora mismo por la cima del escalafón. Desde el puyazo de Barroso, cumbre y clave, a los pares de banderillas de Trujillo, soberbio en la reunión y en la salida, y Blázquez, todo desprendió el aroma de la lidia en su punto. ¡Ah! Y el capote inmaculado de Curro Javier.

El palpitar de la estética manzanarista empezó a palparse en la primera serie sobre la mano derecha. Y crepitó contra la cúpula en la siguiente con fuerza atronadora. La tormenta perfecta se esperaba fuera, y la tormenta perfecta estaba dentro, en el pecho, la cintura y el alma de Manzanares. Un crujido de cambio de mano como el latigazo de un rayo y el olor a campo empapado.

Saltalindes era una tromba, una masa de aire caliente de honda bravura, el ritmo de la lluvia intensa tambolireando sones de eternidad en la muleta. Y José María Manzanares se la arrastró en una serie zurda que creció como un templado vendaval, y en la siguiente rotunda, rota y diestra, la más profunda de todas, que ora terminaban con adornos de trincheras o ayudados, ora con pases de pecho que barrían el lomo hasta el mismo rabo. Manzanares despidió el año en 2009 en Zaragoza con una obra de arte y descerraja 2010 con otra. Entre una y otra, las dos, claro, para qué mojarse, ¿no? El son más cadencioso del toro aquel de Salvador Domecq en El Pilar marcó otro punto a la trepidante intensidad encastada del de Garcigrande.

Mató Manzanares como los cañones de Navarone, y casi a la par que se hundía el acero el presidente Trinidad, sí, ése, el que no distigue una vaca de un eral, le envió un aviso de estulticia. Menos mal que después no se resistió a las dos orejas como en su día en Las Ventas con El Juli.

Había amagado en banderillas ya con rajarse el colorado segundo, que flojeó y derribó por accidente. Quedó sin picar y aún así cantó la gallina de su mansedumbre después de una tanda de José María Manzanares en los medios. Y desde ahí a tablas, soltando la cara. Hubo un momento en que pareció que el torero se metía y lo metía en el canasto, pero no camelaba coles el búfalo.

ABC. Andrés Amorós

Estética mediterránea
El joven Manzanares ha heredado de su padre una singular estética mediterránea. El toro segundo canta pronto la gallina, se raja en tablas… Nada que hacer. Se desquita en el quinto, un buen toro. Dibuja derechazos y naturales con empaque, con primor, con elegancia verdaderamente exquisita. Son preciosos los ayudados para cerrar al toro. Y sigue matando con gran eficacia. Continúa al mismo nivel estético que disfrutamos, al final de la pasada temporada, en Barcelona y Zaragoza.
Destaquemos también a su cuadrilla: son aplaudidos con justicia el picador Barroso (¡qué alegría, en estos tiempos, ver cómo se aplaude a un picador!) y los banderilleros Curro Javier y Trujillo.

DUELO VOLCÁNICO, Patricia Navaro para La Razón

El remate de faena de Manzanares al quinto, para cerrar al toro, a dos manos, será difícil de olvidar pase el tiempo que pase y por muchas faenas que se sumen a la memoria. Son los muletazos soñados, inmantados toro y torero, plena comunión de quien sabe que atrás acaba de dejar algo grande ante un toro bueno de verdad. José Antonio Barroso lo picó perfecto, en su sitio, aguantando su fuerza. Tampoco la cuadrilla se quedó atrás. Todos antes y después tuvieron que desmonterarse: Trujillo, Curro Javier y Luis Blazquez. Gran cuadrilla, monumentales pares de banderillas. No probó al buen quinto Manzanares, ya le había cantado al torero su condición. Y ahí se puso. Una tanda, dos, tres, no se puede acompañar mejor ni tener un empaque tan expresivo. Se ajustó en el toreo redondo, también en el zurdo, pero eran los remates los que hacían temblar a los cimientos del arte. El animal incansable, un bombón al servicio de la inspiración. Fue justo con él y después de crear ese epílogo que acompañará a la memoria, le dio una muerte limpia. Antes, Manzanares se había peleado con un rajado segundo. Puso el torero la casta que le faltaba al toro.

PUERTA GRANDE PARA MANZANARES EN MADRID, de Javier villar para Diario Información de Levante

el quinto, el de más presencia y mayor apariencia en los pitones. También de interesante y positivo juego, sobre todo en el último tercio. Tras una fenomenal lidia por parte de Curro Javier, bien pareado por Juan José Trujillo y Luis Blázquez (los tres se desmonteraron en banderillas), acudió a las telas de Manzanares con movilidad y alegría, transmitiendo una emoción que se vio agradecida por el público en el arrastre con una merecida ovación. La faena de muleta fue un dechado de virtudes: templanza, ligazón, empaque y ciertos momentos de mucha chispa. Fueron redondas las tandas con la diestra, con instantes de toreo cimbreado y roto. Por ambos pitones rompió la faena, con remates de pecho, trincheras y un final con ayudados a dos manos de sabor especial, sabor a Manzanares. Y todo firmado con otra estocada de nota. Dos orejas rotundas muy cerquita de Las Ventas. Poso de torero de aroma, en momento dulcísimo, sobre todo de profesionalidad. No debe permitir Manzanares quedarse fuera de San Isidro, donde a estas horas no toreará porque no quiere abrir cartel. Su momento de madurez y clarividencia está pidiendo triunfos grandes en grandes ferias, y San Isidro debe ser una de ellas. La continuidad de la temporada americana, con el triunfo final el pasado fin de semana en Bogotá, le ha venido muy bien al torero de Alicante para no perder el pulso y el buen momento con que cerró en Zaragoza la temporada de 2009.